miércoles, 15 de noviembre de 2017

Sentimiento


Me dejan este comentario en el post anterior:
"La Lenin no deberia dejar de existir incluso aunque cambie el gobierno y la politica. Si bien es un simbolo de la Cuba subvencionada de los años 80, tambien lo es de la juventud de muchisimos cubanos, donde escucharon a los Beatles por primera vez o dieron el primer beso, ojala se salve y en un futuro sea una escuela realmente de elite"
Se trata de una buena muestra de lo que llamo castrismo sentimental. (Y que me disculpe el comentarista por tomarlo de ejemplo). Se desprecia el régimen pero más los lazos sentimentales que va creando la vida dentro de este quedan intactos. Se condena su dimensión represiva pero se añoran las canciones de Silvio, comidas o programas de televisión más bien infames y la miserable tarequería que engendraba el sistema. Y todo es perfectamente comprensible, como comprensible sería la nostalgia que el preso sienta por la cuchara con que comía y se defendía en la cárcel.

Y ahí está otra diferencia entre el totalitarismo y una dictadura cualquiera. Mientras esta última se limita a ejercer el poder político y, si acaso, económico, el primero, al intentar transformar la vida de sus súbditos, de marcar cada espacio -social, privado y hasta íntimo- con su impronta, crea toda una cultura, una manera de existir. Y quien pide proteger cierto edificio en nombre de sus nostalgias no se detiene a pensar en cuántas otras construcciones realmente valiosas desaparecieron ante la furia destructiva de los edificadores de un mundo nuevo. Y con ellas las vidas reales de generaciones previas. Nos ofrece la oportunidad de pensar sobre cuánta destrucción se erigen nuestras actuales nostalgias.

lunes, 13 de noviembre de 2017

La Lenin, Valls y yo

Hace unos días me enviaron un cuestionario acerca de los rumores sobre el inminente cierre de la alicaída escuela Lenin. Mis respuestas fueron extensamente citadas en un reportaje posterior de la periodista Sarah Moreno. Aquí les transcribo todas mis respuestas:
  
Se rumora que va a cerrar la Lenin. ¿Te alegra, te toma por sorpresa? ¿Lo ves como un sintoma más de la decadencia de la educación en Cuba?
Sí, me sorprende. Sabía de la debacle del sistema educativo cubano pero no pensaba que llegara tan lejos como para arrastrar consigo su “joya” más preciada. Al menos si se habla de las escuelas creadas después de 1959 en los niveles primario y medio. No sabía siquiera que desde hace tiempo de la escuela funcionaba apenas un tercio de lo que había sido antes. Pero más que síntoma de la decadencia de la educación en Cuba es una muestra del desinterés de las clases dominantes cubanas por siquiera disimular lo poco que les importa dicha decadencia: resuelto el problema educativo de sus hijos y nietos con las escuelas privadas extranjeras que se han ido abriendo en Cuba todo el discurso igualitario al que todavía echan mano se hace cada vez más vacío. Y no me alegra, por supuesto. ¿Cómo me va a alegrar que los muchachos cubanos que no pertenezcan a las élites tengan menos oportunidades de acceder a una educación de calidad que antes.

Cómo definirías la escuela, y ya en lo particular, cómo recuerdas el tiempo que pasaste ahí (por cierto, de que año a qué año).
Debí de entrar en séptimo grado en 1979 pero no me gustó la idea de estar internado y pasé mi secundaria en la calle. Pero en el momento de entrar en el preuniversitario en 1982 ya se rumoraba que todas las escuelas serían mudadas para el campo. Así que al aparecer una nueva oportunidad de entrar en la escuela accedí. La escuela acababa de ser remozada para usarla como Villa Olímpica para los Centroamericanos de 1982 así que estaba en bastante buen estado. Aun así ya se escuchaban recuentos nostálgicos de glorias pasadas cuando estudiaban allí los hijos de Fidel Castro y él mismo visitaba la escuela a cada rato. Una época en que las piscinas estaban llenas y la comida era mucho mejor. Parece ser también la época de oro del bullying: tiempos en que los hijos de dirigentes campeaban por sus respetos aterrorizando a los muchachos más débiles. La escuela que recuerdo es la más exigente del país (a excepción quizás de la Humbolt 7) y la mejor equipada. Aunque ese equipamiento era engañoso. Era una escuela-vitrina en la que muchas de sus instalaciones solo se usaban en caso de visitas de delegaciones nacionales o preferiblemente extranjeras. Piscinas que apenas fueron llenadas tres o cuatro semanas en el curso de tres años; tabloncillos que se pasaban la mayor parte del tiempo cerrados y de pronto te halaban, te daban un short y te metían a correr detrás de una pelota para que un grupo de extranjeros se asombraran de la buena vida que nos dábamos; laboratorios de idiomas que nunca vi por dentro. Y no es que soportáramos callados esas falsedades porque mucho que las criticamos en cuanta reunión había. El poeta Jorge Valls luego de pasar en la prisión política “Veinte añosy cuarenta días” como reza el título de sus memorias carcelarias al sacarlo lo llevaron directamente a ver la Lenin. Querían que comprobara todo lo que había hecho la revolución a la que tanto se había resistido*. Eso fue en 1984, cuando yo todavía andaba en aquella escuela ornamental protestando por ese engaño gigantesco o convirtiéndome en el peor jugador de fútbol que haya jugado nunca en esa escuela. Por lo demás éramos adolescentes haciendo vida de adolescentes, para bien y para mal. De allí me gradué en 1985.


Alguna vez hemos comentado que la gente de la Lenin se creían mejores, es verdad esto? ¿De dónde crees que surge esa percepción?
Puede que sí se creyeran mejores sobre todo si debían compararse con muchachos de otras escuelas pero la Lenin resultó para muchos una cura de humildad. De ser los primeros expedientes con las notas más altas en sus respectivas escuelas la mayoría pasábamos a ser estudiantes promedio donde solo unos pocos sobresalían. Si no mejores seguramente se sentirían distintos al resto de los muchachos. Eran seis años de una vida bastante enclaustrada, siguiendo las mismas rutinas, conociendo a las mismas personas, compartiendo vida con ellos: era inevitable que tuvieran modos de convivir y hasta hablar muy específicos. Una de las primeras cosas que tuve que hacer al entrar fue aprender ese dialecto de la Lenin con palabras, giros y chistes muy específicos. Y los apodos espectaculares que les ponían a los profesores. Incluso la manera de usar el uniforme con el monograma rojo, las corbatas (que solo se usaban al salir de la escuela) o las medias blancas de las muchachas contribuía a marcar una diferencia. Yo y en general los que entramos en décimo siempre nos sentimos un poco intrusos, siempre nos sentimos “los nuevos” en comparación con los que estaban allí desde séptimo grado. En fin, existía una dinámica más o menos común de todo grupo que tiene ciertos privilegios en un ambiente más bien miserable.

A diferencia de personas de otros países que se sienten orgullosos de las escuelas a las que asistieron, ¿crees que no es motivo de orgullo, o más bien algo que uno esconde, el hecho de que fue a la Lenin?
En lo personal por todo lo que te dije anteriormente  no me avergüenza pero tampoco me enorgullece demasiado. Al fin y al cabo fueron tres años de mi vida y no seis como ocurrió con la mayoría de mis compañeros de graduación. Pero en general lo que me encuentro es orgullo de haber pertenecido a una escuela de élite. A casi todo el mundo le encanta sentirse especial, por una razón o por otra. En mi caso más importante fue la Universidad de La Habana donde estudié cinco años y viví experiencias mucho más decisivas. Pero es innegable que la Lenin es una de las escuelas más grandes y con mayor tradición en los últimos cincuenta años de historia cubana (gracias sobre todo a que las anteriores fueron eliminadas). Donde quiera se encuentra uno con antiguos estudiantes de la Lenin con los que, al margen de las diferencias de todo tipo, puede establecer un tipo de complicidad muy especial. Los pobres que se encuentran en medio de ese intercambio no saben qué hacer porque no entienden nada de lo que decimos. Y los compadezco.


*El poeta y ex prisionero político Jorge Valls dice en sus memorias: “En el Instituto Lenin el director me facilitó una serie de estadísticas para demostrarme lo bien que funcionaba todo. Era un colegio de lujo, con muchos jardines, museos y patios de recreo. Me acordaba de la hija de Osvaldo Figueroa, a la que habían expulsado de aquel colegio porque su padre era un preso político que no había aceptado el plan de reeducación. Pensaba en cómo aquello la había puesto en contra de su padre”

lunes, 6 de noviembre de 2017

¿Y ahora qué? ¿Bye, bye, Cataluña?

Segundo mes que intento hablar de la presencia histórica de los hispanos en Nueva York y segunda vez que debo dejarlo por temas más urgentes. Primero fue la estatua de Colón, ahora la independencia de Cataluña. ¡Qué suerte la mía!: nada más se me ocurre hablar de la hispanidad y ya ésta empieza a encogerse. ¿Qué pasará el mes que viene? ¿Argentina pedirá su anexión a Italia? ¿México adoptará el esperanto como lengua oficial? ¿Venezuela iniciará su éxodo hacia el Medio Oriente guiada por el ayatollah Maduro?
El caso es que ahora media Cataluña quiere independizarse de España. Y de la otra media Cataluña. “Todo pueblo tiene derecho a la autodeterminación…” dicen. Como mismo pueden decir “todo adolescente tiene derecho a que le den las llaves de la casa”. O “todo adulto tiene derecho a emborracharse”. ¿Quién va a entender mejor a los catalanes que nosotros los hispanoamericanos? ¿Nosotros, que cada año, y a falta de clasificación para el Mundial de fútbol usamos un aniversario más de nuestra independencia de España como pretexto para abrir unas cervezas y disparar fuegos artificiales?
Pero también ¿quién peor para entenderlos que nosotros mismos? Porque cada vez que nos va mal maldecimos la hora que a nuestros tatarabuelos se les ocurrió quedarse con las llaves de la casa y salir a emborracharse y nos da por recuperar la nacionalidad perdida de nuestros tatarabuelos. Y agradecemos que al otro lado del Atlántico haya algún país donde se hable español para desembarcar en él.
Pero para entender el fenómeno independentista hay que afrontar una realidad evidente para el que conozca de cerca a la Madre Patria. Quien la haya visto alguna vez levantarse desgreñada y legañosa a preparar el desayuno. Y esa realidad es que los españoles, sean de donde sean, nunca se han soportado mucho entre sí.
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Si lo quiere comprobar váyase al sitio donde cada pueblo expresa sus interioridades más profundas con mayor franqueza. O sea, a cualquier servicio sanitario público. Entre toda la pornografía artesanal encontrará un letrerito diciendo “Andalucía independiente”; o “Viva Burgos libre”; o “Independencia para Pontevedra”; o “Viva el Frente de Liberación Nacional de Vallecas”. Y en eso de no soportar al resto de los españoles los catalanes demuestran ser más españoles que las alpargatas.
Y es que la palabra “España” ya no enamora a casi nadie. Panamá va a celebrar su clasificación para el Mundial de Rusia hasta que el istmo desaparezca de la faz de la Tierra mientras que España ganó el Mundial y a las dos semanas ya se les pasó. Por alguna razón inescrutable España, con su rica y dilatada historia parece haberse convertido en propiedad exclusiva de un dictador muerto hace más de cuarenta años. Me refiero claro a Francisco Franco Bahamonde. Sacar una bandera española al balcón se considera algo propio de fachas. Por no tener España no tiene ni letra en el himno.
Y el problema a mi modo de ver no es la independencia que, mala o buena idea, deberán decidir en algún momento. Problema serio es el nacionalismo, esa borrachera contagiosa. No es que se te pierda la llave y te vomites los zapatos acabados de comprar. Es que descubras en los zapatos encharcados de vómito una bonita seña de identidad y empiecen a molestarte que otros prefieran usar el calzado limpio.
Porque la tontería además de ridícula es contagiosa. Hay por ahí historiadores catalanistas tratando de demostrar (y no es broma) que Roma fue imperio gracias a los catalanes. O que catalanes eran Cervantes, Santa Teresa de Ávila, Colón (el que llegó a América, no el responsable del exterminio indígena) Américo Vespucci y Leonardo Da Vinci. Pronto aparecerá alguno que querrá demostrar que la rueda y el iPhone son inventos catalanes como la Sagrada Familia y el pan con tomate.
Tan contagiosa es la tontería que ya tenemos al gobierno español queriendo recuperar el amor perdido de Cataluña a base de porrazos y gases lacrimógenos. A partir de ahí no será difícil imaginar a la Madre Patria convertida en una multitud de barrios independientes entre sí. Entonces no quedará otro remedio que mudar el centro de la hispanidad para Miami, ese eje cultural, que de inmediato sustituirá los Institutos Cervantes (ahora dedicados a difundir la lengua catalana) por Institutos de Apreciación del Reguetón. Pero independientemente de lo que ocurra con España el mes que viene les prometo empezar a hablar de la historia de la presencia hispana en Nueva York. A menos que…

La Noria número 12


Sale número 12 de la revista santiaguera La Noria que incluye textos de Oscar Cruz, Carlos A. Aguilera, Néstor Díaz de Villegas, Javier Marimon, Fernando Villaverde y un servidor, entre otros. IN-CUBADORA  se ha encargado de convertirla en PDF. Acá adelanto mi texto:

Semana negra
Semana negra. Primero Picó, luego Robby y para rematar Cavallero. A Picó lo vi en casa de Eltico. Ahora en verano a Eltico le ha dado por los barbiquiúses. Con Eltico se puede hacer una novela. Al padre lo cogieron preso (político) cuando él acababa de nacer, luego estuvo en una bronca famosa contra la seguridad frente a la embajada americana en el 80 y ese mismo año vino para acá. Marielito. Bueno como un santo pero le encanta meterse en problemas. Tuvo un go go con mujeres que bailaban con las tetas al aire en Elizabeth hasta que a los dos muertos se decidió a venderlo. Repara casas y las alquila en los peores barrios de negros de New Jersey donde al menor descuido te roban las ventanas, la plomería, te queman el carro o te matan. A él le ha pasado todo eso varias veces, excepto lo último, claro. Estuvo de manager de un supermercado en Baltimore. Era en un barrio peor todavía: la policía patrullaba en helicópteros porque no se atrevía a andar por tierra. Sus amigos en New Jersey rezábamos porque no lo mataran. Y salió vivo pero con una deuda enorme que no acaba de sacarse de arriba porque el negocio en el que está ahora, el de vender casas, no da ni para tomarse un café en la gasolinera de la esquina. Así y todo Eltico celebra religiosamente sus barbiquiús y recoge a cuanta alma sola y atormentada deambula por el barrio. Al Cenizo, a Orestico y ahora a Picó. Con el Cenizo también se puede escribir una novela. Y Orestico da al menos para un buen cuento. Un cuento sobre un alma firme y sencilla enfrentada a la fatalidad (en su caso la fatalidad es una forma de inercia que le impide reaccionar ante nada). Pero el personaje de esa noche fue Picó. Pintoretto estaba de visita desde México. Lo invitaron a una exposición y me preguntó si se podía quedar en la casa. Le dije que sí, que por supuesto. Al principio pensé dejarlo solo para que recorriera Nueva York a su aire pero Pintoretto es de los que se pierde en una cuarta de tierra. Para él uptown y downtown son intercambiables así que me dediqué a llevarlo a todos lados. El día del barbiquiú de Eltico le di un paseo por Williamsburg y Brooklyn Heights. Al regreso le expliqué que conoceríamos a Eltico y le hablé de él. También le hablé del Cenizo. De su acento vagamente español. De las conspiraciones en las que había estado metido cuando la dictadura de Batista. De sus veinte años de prisión que le regaló Fidel por interceder por alguien que ya estaba muerto. De su estoicismo zen en medio de las palizas, sus sesiones de yoga entre los presos, su rechazo a la violencia. Todo eso unido a su tendencia a aparecerse en cualquier rincón de la cárcel donde estuvieran repartiendo palos. Su erudición casi infinita y un tanto anticuada, como le toca ser a la verdadera erudición en tiempos de google. Su antiamericanismo irredento, sus grandes planes para Latinoamérica, sus teorías de las conspiraciones de los nexos entre el fascismo, el peronismo y el castrismo y sobre todo su infinita paciencia para con el mundo en cada una de sus manifestaciones incluido el cáncer que estuvo a punto de matarlo el año pasado. Menos mal que le conté todo eso a Pintoretto porque al llegar donde Eltico apenas tuvo tiempo de hablar con el Cenizo.
Allí estaba Picó.
A Picó se lo encontró Eltico no hace mucho. En un supermercado. Estudiaron juntos en el preuniversitario, se cayeron a golpes unas cuantas veces pero Eltico lo recuerda con cariño. Eltico recuerda con cariño a casi todo el mundo. Basta con que no sea demasiado hijo de puta. Cuando se trata de un canalla más allá de toda redención dice simplemente: “Ese tipo es un saquito de mierda”.  Y para la cantidad de gente que conoce ha repartido muy pocos saquitos de mierda. Apenas tres o cuatro. Eso le da a los saquitos un peso enorme, aplastante. De Picó siempre hablaba con cariño pero para nosotros era apenas eso, un personaje de las historia de Eltico. Hasta ese día. Picó se apareció en el barbiquiú solo un momentico, dijo, porque iba camino al gimnasio. Pero no se movió del asiento hasta tres horas después, cuando ya la mayor parte de los invitados de Eltico se habían ido. Durante esas tres horas monopolizó la conversación. No es que no dejara hablar a los demás sino que todo el tiempo que estuvo no se habló de otra cosa que de Picó y sus problemas. Mi proyecto de conversación entre Pintoretto y el Cenizo se frustró. Enfocamos nuestra atención en Picó, empeñado en explicarnos lo terrible que era su vida manejando un camión catorce horas al día. Trabajar para mandarle dinero a su familia en Cuba y llegar a la conclusión de que la vida es, aquí y en Cuba, la misma mierda.
Esa misma semana, un par de días después del encuentro con Picó vimos a Robby. Era el cumpleaños de la mujer. No soporto a la mujer de Robby, y el mismo Robby, si uno no está totalmente decidido a seguirle la corriente, es abrumador. Porque la corriente que hay que seguirle es siempre la misma: tan espesa y profunda que si tratas de remontarla te ahoga. Lo mejor con Robby es mantenerse en la orilla, bebiéndose un mojito y fumando un tabaco en el balcón de la casa que da para un parqueo horrendo. Por la gente que se reúne en las fiestas de Robby y Adriana pensé que sería bueno llevar a Pintoretto a esa fiesta y así de paso conociera otro tipo de personajes que nos gastamos por aquí. Porque es un ambiente muy diferente al de los barbiquiús de Eltico. Robby nació aquí en Nueva Jersey, de padres cubanos, pero consideraría altamente ofensivo que no se lo considerara tan cubano como a cualquiera nacido en La Habana o en Mayarí Arriba. Fue a Cuba a realizar el trabajo de campo de su doctorado en etnomusicología y en Holguín conoció a su mujer, un ser paliducho e histérico tan difícil de resistir como un cigarro encendido dentro de los calzoncillos. Antes me compadecía de Robby pero ahora comprendo que, cada cual a su modo, son igual de insoportables. Lo alivia, por suerte, el que Robby conozca un montón de músicos que, si están de buenas y Robby lo permite, sacan los instrumentos y arman descargas memorables. El problema es que Robby suele echar mano a un tema serio de conversación que casi siempre es el mismo: el derrumbe de la República Americana bajo el peso de sus propias insuficiencias. Lo que consigue es que todo el mundo se le aleje: empezando por su mujer y terminando por mí. La excepción son, por supuesto, los novatos que, a falta de una advertencia oportuna, se le acercan atraídos por su porte elegante, su voz profunda, sus ademanes lentos. Esta vez le tocó a Pintoretto.
A Cavallero fui a verlo por culpa de Pintoretto. Nunca había ido a su casa. Y habría mantenido toda la vida esa virginidad pero temí que en medio de la noche Pintoretto se perdiera en Manhattan y fuera incapaz de llegar a New Jersey. Pintoretto tiene una relación mágica con las cosas y como encima tiene la suerte de que esa idea equivocada de la vida le funcione con bastante frecuencia anda convencido de que la razón lo acompaña. Siempre. Eso explica también su relación con Cavallero, un tipo sinuoso y calculador que sin embargo tiene en Pintoretto una especie de guía espiritual. O más bien como su espejo mágico particular. Como Pintoretto orientó sus primeras lecturas serias lo considera, si ya no un mentor, al menos un punto de referencia para determinar cuánto ha trascendido en su incesante búsqueda de la inmortalidad como crítico de arte. Desde que Pintoretto le comentó que su último libro le parecía fallido no deja de acosarlo para convencerlo de que está equivocado. Pero si bien su acoso es sofocante no es agresivo. Como si temiera romper con la más fiel referencia que ha encontrado para establecer su valor real. Pintoretto es la única persona a la que le profesa un verdadero respeto. Al resto de la humanidad la trata o bien con un insondable desprecio ―si es esa inmensa mayoría que considera por debajo de él― o, si se trata de aquellos a los que quiere sacarles algo, con total sumisión. Sólo Pintoretto habita ese desolado término medio. Yo, en cambio, soy uno de los tantos que desprecia y a los que, si tiene oportunidad de encontrarlos a su merced, les pisará los dedos. Vive convencido de que: a) los conocidos de hoy pueden ser los enemigos de mañana; b) y de que los escrúpulos sólo sirven para impedir actuar de la manera que más le convenga. En la galería de arte en que lo encontramos insistió en que lo acompañáramos a su casa. En un aparte le dije a Pintoretto que fuera y se quedara esa noche en casa de Cavallero y así me quitaba la preocupación de cómo regresaría a mi casa. Pero Pintoretto si a algo teme más que a perderse en Manhattan es al extraño sentido de la hospitalidad de Cavallero (ya una vez lo dejó en la calle en medio del invierno) me rogó que lo acompañara.    
Fuimos a su apartamento en Lexington y la 25 y nos sentamos en la terraza del penthouse. Se acababa de mudar. La terraza tenía una vista preciosa del Gramercy Park y de los edificios más emblemáticos de Manhattan. Alguien que lo conocía desde el preuniversitario me había dicho: “Cavallero solo se dirige a ti por estas tres razones: para pedirte algo, para sacarte alguna información o para restregarte algo en la cara”. A falta de que otra razón se revelara a lo largo de la noche Cavallero nos había llevado hasta allí para restregarnos el apartamento que acababa de conseguir.
El tema principal que tenía preparado para disertar esa noche en la terraza era el racismo en los Estados Unidos. Un racismo según él omnipresente y asfixiante. Y lo que lo hacía peor que el racismo cubano es que no se detenía ante las diferencias de tonalidades. “Una gota de sangre negra basta para que te consideren negro” decía y en sus palabras se sentía el crepitar de las cruces de fuego del Klu Klux Klan.
Cavallero es mulato. Tiene la piel de un chocolate muy claro y el pelo rizado.
La piel de Robby es mucho más oscura. De un negro cerrado y mate.
Picó es la noche misma.
Quizás esos detalles ayuden a aclarar un poco sus obsesiones. Pero no del todo.
Picó dice que apenas duerme. Solo unas cuatro horas al día. El resto del tiempo lo pasa manejando el camión y mandando paquetes para su familia. Todo para que al visitarlos en Pinar del Río darse cuenta de que ellos allá viven mejor que él aquí. Cuenta que acá un hermano inválido para el que no encuentra suficiente atención médica. Y aclara que no se considera un inmigrante político sino económico. Cuba y Estados Unidos son parte de la misma mierda. El que está arriba siempre está tratando de joderte y no puedes hacer otra cosa que aguantar.
Robby dice que la república norteamericana ha perdido su propio sentido de legalidad. Que presionada por sus necesidades imperiales viola a cada minuto las bases sobre las que se constituyó. No tiene sentido compararla con Cuba porque Cuba es un caso anómalo en el que la propia idea de república, de constitución y de leyes está fuera de lugar.
Cavallero no encuentra otro ejemplo concreto de racismo que el recuerdo del día en que se mudó a un edificio (otro, no ese en el que vive ahora) y alguien lo tomó por un empleado del lugar. Y Cavallero achaca esa confusión al color de su piel.
Cada vez que comienza a hablar Picó dice “en mi criterio…” con el tono del que está convencido de que fuera de Cuba todo lo que se dice en nombre de un criterio personal es indiscutible.
“Indiscutiblemente” es la muletilla con la que Robby encabeza cada una de sus afirmaciones.    
Cavallero no usa ninguna muletilla al comienzo de sus frases. En cambio, cada vez que expone sus argumentos de por qué el racismo norteamericano es más opresivo que el cubano termina diciendo: “I’m sorry pero es así”.
Picó no llega a decir que se siente tremendamente solo. Robby no menciona el detalle de que nunca terminó la tesis por la que fue a investigar a Cuba y que, al no graduarse su ilusión de convertirse en profesor universitario está condenada a no hacerse realidad. Cavallero no menciona su puesto de profesor en Princeton ni los libros o artículos de crítica de arte que publica pero, al menor descuido, nos pone en las manos la última antología en que aparece un texto suyo. Tiene ejemplares en todas partes. En un librero junto a la terraza, en el baño, debajo de la gorra que puse en la mesa frente a la que estamos sentados.
Le comento a Picó que no se debe engañar. Si no regresa es porque sabe que si lo hace a su vida se le acabará el poco sentido que le queda. Me responde que a donde le gustaría regresar es al pasado. Al momento inmediatamente anterior a su salida. A encontrarse con todas las cosas que tenía en ese momento y no apreciaba.
A Cavallero le pregunto si no le parece tan racista considerar negro a todos los que tengan una gota de sangre negra como considerarse superior por contener menos sangre negra que otros. Cavallero se niega a la comparación: el segundo caso le parece de una sofisticación superior y, por tanto, más aceptable. Luego de eso bajo a la calle a fumar.
Robby permite que se fume en el balcón. A él solo me le acerco para preguntarle dónde están las cervezas.
Picó finalmente confiesa qué es lo que le quita el sueño: no es rico. No quiere regresar a Cuba y vivir de los ahorros o del retiro que ha acumulado en los Estados Unidos. No. Quiere tener dinero para tirar a manos llenas.  
Robby desea que los Estados Unidos retomen los ideales republicanos sobre los cuáles fueron fundados.
Cavallero aparentemente lo tiene todo. No queda claro si desea que el racismo desaparezca de raíz o convertirse él mismo en blanco, como Michael Jackson, aunque de una manera más discreta.
No es difícil ver a los tres como manifestaciones del mismo fenómeno, el complejo de la raza. La conciencia de una injusticia fundamental e irremediable. Picó posiblemente piense que si fuera blanco al menos tendría mujer. Robby no pretende ser blanco. Reivindica con energía su condición de negro y sin embargo intenta distanciarse ―en su modo de hablar, de conducirse, en los temas de conversación que escoge― de la imagen folklórica del negro ligero y divertido. Así hasta el punto en que no parece ni negro ni blanco sino una especie de robot ligeramente humanizado. Cavallero es una variante de la misma actitud. Habla de un escritor mulato que ganó recientemente el Pulitzer por escribir un libro que a él le parece insufriblemente folklórico. Como insinuando que si escribiera sobre arte tercermundista en vez de dedicarse al europeo ―o si llevara en la piel un color que no supusiera determinados temas― ya habría recibido un Pulitzer hacía rato. Su condiscípulo del preuniversitario tenía razón: invitó a Pintoretto a verlo para restregarle lo bien que le va pese al racismo imperante en el país. Para que se imagine que de no ser por el racismo ya habría ganado el Nobel.
Yo, que albergo casi la misma porción de genes africanos que Cavallero nunca he pensado mucho a qué raza pertenezco. Alguna vez le pregunté a mi abuela cuál era mi color porque ―le decía extendiendo un brazo para que la piel diera testimonio por mí― blanco no era.
-Tú eres trigueño. Color cartucho.
Y con eso dejó zanjado el asunto por las próximas dos décadas, las más decisivas para cualquiera en lo que atañe a la creación de complejos.
Bendita sea mi abuela.
Las mujeres. Ese es un tema en el que los tres vuelven a distanciarse. Robby se siente totalmente dependiente de una mujer que lo detesta por no comportarse como un ser humano en casi ninguna circunstancia. O porque ella solo estaría satisfecha con alguien que estuviera a la altura de lo que ella cree merecer. O que al menos la despreciara al punto de conseguir que ella se sintiese inferior. A Cavallero le gustaría zafarse de la rumana fría y pálida casi hasta la transparencia que tiene por mujer y unirse a cualquiera de las admiradoras de su entorno, de esas que no lo conocieron cuando era pobre y se habría camino contrabandeando obras de arte  y muebles antiguos. La obsesión de Picó con el dinero se afinca en la esperanza de que su soñada solvencia les haga olvidar a las mujeres lo feo que es.
Pero la mayor diferencia entre ellos es de carácter. Picó es un alma simple perdida en circunstancias que lo superan, circunstancias que trata de esquivar planteándose falsos problemas. Robby es un sufridor que ante el temor de no alcanzar la altísima idea que tiene de sí mismo, prefiere no hacer nada. Esa idea de sí pasa sin embargo por una alta exigencia moral que le impide hacerle daño a alguien que no sea él mismo. O quizás es al revés: quizás sean sus exigencias morales las que le impiden funcionar en un mundo que considera esencialmente sucio.
Cavallero, bueno.
Cavallero es un saquito de mierda.

"El compañero..." en la prensa


Durante la semana en que fue presentado el libro en Miami "El compañero que me atiende" recibió una amplia cobertura de prensa tanto en Miami como en la isla. Entre ellos:

El Nuevo Herald

Diario de Cuba

Tele Martí

14 y Medio

Por otro lado tanto el escritor Alexis Romay en su blog Belascoaín y Neptuno como Jorge Ferrer en El Tono de la Voz han publicado sendos adelantos del libro con sus contribuciones personales a la antología. Que cunda.

viernes, 27 de octubre de 2017

La fábula de la cigarra y el águila

La historia del ataque acústico a los diplomáticos norteamericanos ha tomado un giro esperpético.Dice el informe oficial cubano citado por Cubadebate que "durante el riguroso análisis, las grabaciones mostraron coincidencias con los sonidos emitidos por algunas especies de insectos, especialmente grillos y cigarras". Según un teniente coronel local:
"Aplicamos las mismas técnicas de procesamiento digital que aplicamos con las muestras de audio que nos entregaron, al sonido que grabamos de la cigarra, y coincidentemente pudimos comprobar que también es un sonido que está sobre los 7 kilociclos, que tiene un ancho de banda aproximadamente igual sobre los 3 KHz y que audiblemente es muy parecido. Hicimos también comparación de espectros de todas las señales aportadas con el espectro que grabamos y evidentemente este ruido común es muy parecido al ruido de una cigarra”
El ataque convertido en fábula. La fábula de la cigarra y el águila:
Había una vez un águila poderosa que dominaba los cielos pero la cigarra, que era más persistente, comenzó a tocar con su violincito desafinado. Y tanto tocó y tocó su violincito que el águila todopoderosa tuvo que regresar a casa con problemas auditivos y un poco loca. Pero entonces nadie creía que había sido la pobre cigarra la que había derrotado al águila. Moraleja: si quieres que te crean nunca uses una cigarra como explicación, aunque sea verdad.

La pelota y el tiempo


22 meses separan la condena del Granma de la deserción de los hermanos Gurrielen franca actitud de entrega a los mercaderes del béisbol rentado y profesional” del elogio en esemismo periódico por su actuación en grandes ligas (circuito al que ahora comparan con la escala de Milán). 22 meses de pasar de condenarlos en público a transmitir -con 24 horas de diferencia que el resto del mundo beisbolero- la final de las grandes ligas. Un gran paso para el castrismo, un pequeño paso para la humanidad. No soportan la competencia del “paquete” que también trafica con los partidos diferidos, pensarán algunos. O que es el aperitivo de lo que se veía venir desde la sospechosa fuga de los Gurriel: la venta de peloteros cubanos a las Grandes Ligas con Tony Castro como principal empresario. 22 meses parecen mucho comparados con las 24 horas que demora un cubano de la isla en ver cada partido de la final por televisión. O poco comparado con los 62 años que separan a los cubanos de la primera vez que pudieron una serie mundial en televisión… en vivo. Sí, aquella Serie Mundial de 1955 que enfrentó a Los Dodgers con los Yankees. Esa que consiguió llevarse instantáneamente a la isla mediante el legendario vuelo del DC-3 que dio vueltas durante tres horas sobre el estrecho de la Florida haciendo de torre de retransmisión y adelantándose a la comunicación satelital. Pero ninguna de esas cifras alcanza para determinar el anacronismo que es Cuba en este mundo. 

jueves, 26 de octubre de 2017

Sobre la censura

El Nuevo Herald reproduce la entrevista hecha por el escritor Francis Sánchez al editor de "El compañero que me atiende". Reproducimos acá un fragmento centrado en la censura: 

¿Qué opinas de la predominante visión arqueológica sobre la censura en Cuba y el quinquenio gris?No sé cómo consiguen ver la censura en Cuba como un asunto del pasado. Con tantos ejemplos que se repiten una y otra vez. El principio de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” es terriblemente represivo y a ese principio no se ha renunciado ni un minuto desde agosto de 1961. Supongo que en esa visión arqueológica tenga que ver que muchos de los censurados de ayer sean parte de la cultura (entiéndase también censura) oficial. En ese sentido, el de la censura, el régimen cubano actual resulta una especie de totalitarismo ilustrado. Los encargados de lidiar con los artistas y escritores ya no son los militarotes de antaño: los Papito Serguera, los Pavones, los Quesadas. Ahora son una mezcla de funcionarios con estudios universitarios con intelectuales graduados en diferentes niveles de censura, incluida la censura en carne propia. Esos últimos resultan a la larga los más efectivos. Son los que le dirán a los jóvenes creadores: “Eres muy atrevido porque eso en mi época no se podía decir”. Y todos tan contentos. Los jóvenes porque les satisface su audacia y los viejos porque sienten que de alguna manera han contribuido a esa “evolución”.
[...]No conozco antecedentes de una antología de este tipo... Aunque hay historias de vida muy bien documentadas, como en “Informe contra mí mismo”, de Eliseo Alberto Diego. Se han hecho antologías de las becas, de los trenes, de cualquier cosa, pero parece increíble que nos faltara la de los omnipresentes “segurosos”. ¿A qué crees que se deba ese silencio? ¿Existiría una sutil raya roja que tú estás cruzando ahora?Las razones son bastante obvias. El régimen cubano restringe las libertades políticas y económicas de sus ciudadanos más que cualquier otro en la actualidad a excepción de la hermana república de Corea del Norte. Y encima no le gusta que se lo digan. No está preparado para lidiar con una evidencia tan elemental. Se lo dices y en vez de cambiar te amenaza: el Poder quiere que le digas lo hermoso que es o en su defecto te dediques hablar de otra cosa. Los regímenes así son narcisistas por naturaleza. Y pretenden que los intelectuales sean su espejo mágico y confirmen la idea que el Poder tiene de sí mismo. Pero los escritores, incluso en Cuba han demostrado ser, a pesar de todo, una especie bastante resistente. De hecho algunos textos de la antología (no muchos, la verdad) aparecieron antes publicados por editoriales cubanas. La diferencia estriba en que esos gritos que se pierden en el escándalo continuo que es la realidad cubana al ser reunidos en la antología ofrecen un contexto esencial para entender esa realidad. La represión es el elefante en la habitación que nadie quiere mencionar, al que le damos un rodeo de camino a la cocina. Pues “El compañero que me atiende” es un libro sobre el elefante y lo que significa tenerlo metido en tu casa.

miércoles, 25 de octubre de 2017

"José Abreu Felippe: 'Arenas es el único genio que ha dado esa debacle'”

En Hypermedia Magazine aparece la entrevista que le hice a José Abreu Felippe. Por cierto, fe de erratas. El título debe ser el original que le puse "José Abreu Felippe: 'Arenas es el único genio que ha dado esa debacle'” y no el que está que me atribuye una afirmacion que corresponde a Abreu, no a mí. Aquí un fragmento del intercambio:


¿Cómo se fue desarrollando posteriormente la relación entre ustedes?Yo diría que con normalidad. Como nos conocíamos de tantos años y ya habíamos pasado por tantas aventuras juntos, incluyendo las lecturas del Parque Lenin y la creación de la revista literaria, obviamente clandestina, Ah la marea —de la cual hicimos dos números—, él nunca desconfió de mí, ni de mis hermanos, pero Reinaldo era un paranoico profesional. Todo el mundo era policía y todo el mundo lo estaba vigilando.
Cuando se enfermó de meningitis, la medicina que le mandaron de Francia se la decomisaron. Yo se la conseguí en el Hospital Nacional, donde tenía muchas amistades, ya que trabajaba entonces dando clases en la Escuela de Enfermeras de dicho hospital. Reinaldo no permitía —al menos eso juraba— que nadie que no fuera mi madre, lo inyectara, y así iba tres veces por semana a mi casa, durante el tiempo que duró el tratamiento, con ese fin. Temía que se aprovecharan de esa circunstancia para matarlo.
De vez en cuando también nos peleábamos por cualquier idiotez, pero luego nos reconciliábamos. En cierta ocasión, viviendo yo en Madrid y él en Nueva York se molestó porque yo no le contesté una inquietud que tenía sobre algo relacionado con la revista Mariel, ahora no recuerdo qué.
Él nunca tuvo un sentido claro de la realidad, todo era un juego. Le daba la vuelta al asunto más trágico para encontrarle su parte cómica, sin importarle en lo más mínimo si así molestaba o hería a alguien, muchas veces a los propios amigos. No creo que lo hiciera por maldad —aunque podía ser muy cruel—, pienso que no podía vivir sin convertirlo todo en literatura. Reinaldo, aparte de un mitómano contumaz, era en gran medida un personaje de ficción. Y todas las personas no eran para él personas: eran personajes.
Pues bien, como ya me tenía harto, cuando me escribió, yo cogí la carta sin abrir, la metí en un sobre y se la devolví. Parece que aquel gesto le encantó. Hizo lo mismo, y así estuvimos varios meses, mandando y devolviendo, hasta que el sobre original se convirtió en un paquete de varias libras de peso, costaba mucho el franqueo, y dejé de hacerlo.
Como sabía que yo no iba a abrir la carta me escribía cosas por fuera firmándolas como Eugenia Grandet, La Condesa de Merlín, Gina Cabrera o lo que se le ocurriera y yo hacía lo mismo. Años después me reprochó no haber seguido el juego. Él aspiraba a que se convirtiera en una carga monstruosa que estuviese viajando en el tiempo mientras crecía infinitamente.
Otras veces, cuando yo no le contestaba con la rapidez que él requería —no tenía en cuenta que yo acababa de llegar a otro país, no tenía dinero y recién comenzaba a trabajar sin permiso de trabajo y con mucha gente dependiendo de mí—, me escribía reprochándomelo, cartas “cuñadas y recuncuñadas” para ver si yo reaccionaba al hacerlas “oficiales” por los cuños que él mismo inventaba. Conservo un par de ellas.

martes, 24 de octubre de 2017

Reconocimiento

Después de ignorarlos por medio siglo, o de solo acordarse de ellos para llamarlos traidores, desertores, el Granma decide hablar de los cubanos que juegan en las Ligas Mayores. Y es para reclamarlos como suyos, para hacer notar la marca estatal de calidad de sus productos, la marca a hierro sobre su ganado amaestrado.

"Yulieski Gurriel, debutante en esa fase del encumbrado certamen, tiene 15 jit [sic] en 41 turnos para un «lujoso» average de 366. Nadie que no haya tenido un meticuloso y avalado proceso de aprendizaje llega allí y se aparece con semejantes indicadores, que incluye además un por ciento de embasado (OBP) de 409; slugging de 512 y OPS (toma en cuenta poder y capacidad de embasarse)"

Solo me pregunto: ¿allá también enseñaron a Gurriel II a batear para doble play en la hora difícil o ya eso de su propia inspiración?

Entrevista

Francis Sánchez me interroga acerca de "El compañero que me atiende" para su revista Arbol Invertido. Y entonces tiene que pegarme para que me calle:


“El compañero que me atiende”, una antología inevitable. Entrevista a Enrique del Risco

Por Francis Sánchez

Editorial Hypermedia ha publicado una antología que algunos se preguntarán por qué no se había hecho antes, a pesar de ser tan atrayente y, además, un acto de exorcismo a todas luces necesario para muchos cubanos. La mejor respuesta quizás sólo podrá hallarse leyendo las mismas páginas de este libro, donde más de cincuenta escritores se refieren a cómo han sido vigilados, perseguidos, en fin, “atendidos” con primor por “el aparato”.
Tenemos la primicia de entrevistar a Enrique Del Risco, culpable de la selección, la edición y el prólogo de El compañero que me atiende. Conocido por su sentido del humor y su estilete crítico, empieza metiéndonos en problemas al decirnos, muy seriamente, que son “respuestas literarias de escritores cubanos a la presencia en todas las esferas de la vida cubana de la Seguridad del Estado y las consecuencias que esto acarrea”.
Me he convertido en uno más en el índice o menú que él sirve, pero en realidad preparado por otros en la sombra desde mucho antes. De todos modos, seguro que cualquier lector pudiera verse aquí representado, sentirse aludido, y de hecho citado para explicar dónde estaba, con quién y pensando en qué, a la hora que se cometieron tales textos.
La antología El compañero que me atiende puede adquirirse en Amazon.  El primero de una serie de lanzamientos en distintas ciudades está previsto para el próximo 2 de noviembre en la librería Altamira, en Coral Gables, Miami, Florida, a las 7:30 de la tarde. “Están todos invitados, por supuesto”, convoca el instigador. Pero, antes de seguir comprometiéndonos, necesitamos hacerle varias preguntas.
¿Por qué hacer esta selección ahora?
Todo, en principio, fue muy casual. En una visita a principios de años de un viejo compinche mío, el escritor Francisco García González, me contó que estaba escribiendo sobre sus encontronazos con la Seguridad del Estado. De ahí pasamos a imaginar un libro en que los escritores cubanos se decidieran a contar sus experiencias con los oficiales de la Seguridad del Estado. De hecho, recordé que mucho tiempo atrás el poeta Manuel Sosa había contado algo parecido en su blog e intuí que el tema no solo nos interesaba a Francisco y a mí. También me leí en esos días La casa y la isla una novela que acababa de sacar Ronaldo Menéndez recorrida por el fenómeno de la delación. Entre Francisco y yo ese ejercicio de imaginar libros que no existen puede terminar por convertirse en algo real como “Leve Historia de Cuba”, un relato ficcional de la historia cubana que escribimos a cuatro manos hace más de 20 años. Pero las más de las veces termina en la más perfecta nada. Esta vez sin embargo pensé que era una idea que merecía ser llevada a cabo. Se la propuse a la editorial Hypermedia para que la hicieran ellos porque ya bastante ocupado ando con mis propios libros. Y resultó que les interesaba, pero no tenían a nadie dispuesto a hacerlo. Así que me decidí a armarlo yo mismo. Se lo propuse a un grupo de escritores que pensé que les podía interesar: la respuesta fue tan efusiva que tal parecía que hacía tiempo que estaban esperando una oportunidad para ponerse a escribir sobre el tema. Porque muchos me enviaron textos que ya tenían escritos, pero otros aprovecharon la oportunidad para traducir ciertas experiencias al lenguaje de la ficción o al de la memoria escrita. O sea, que fue una feliz confluencia de idea, oportunidad y necesidad colectiva de exorcizar viejos demonios.
¿Por qué el título, tan sugerente?
Cuando empecé a usarlo en mi correspondencia con los autores me di cuenta que me ayudaba a establecer una comunicación y una complicidad inmediata con ellos: mencionaba la frase y ya no tenía que explicarme mucho. “El compañero que me atiende” es por supuesto un eufemismo oficial en Cuba para no tener que decir “el policía secreto que me vigila”. Pero justo usar ese eufemismo me ayudaba a establecer el tono de mi propuesta. No quería que fuera un libro victimista, que ya hay bastantes de esos y no sin razón. Ni siquiera quería enfocarme en los casos extremos de represión a ciertos escritores. Lo que refleja ese título y buena parte de los textos es esa vigilancia, intimidación, control y represión como forma cotidiana de la existencia. Como reflejo condicionado a la hora de escribir o vivir. En mi opinión lo que define al totalitarismo no es ni la violencia (como creía Arendt) ni los campos de concentración. Lo que lo define es ese acto reflejo de bajar la voz y mirar a los lados cuando se tocan ciertos temas, estar tan acostumbrado a la represión que empiezas a tú mismo a usar esos eufemismos oficiales. Como para que se haga más soportable la humillación continua de vivir en esa situación.
¿Qué podrán hallar aquí los lectores que satisfaga su curiosidad por los datos ocultos, su imaginación o su morbo?
De todo. Una de las virtudes de esta antología radica en su variedad, la diversidad de esas circunstancias unida a lo diverso de las respuestas de los propios escritores. Y luego está ese gran defecto de los escritores que es su vanidad, pero que para la literatura resulta una virtud: les hace decir cosas que un ser humano común y corriente preferiría callar.
La historia que cuenta Santa y Andrés, y la censura al mismo filme, ha dado mucho que hablar últimamente. ¿Este filme también te motivó?
La censura a Santa y Andrés me indignó por supuesto y no solo cuando se le excluyó del Festival de Cine Latinoamericano en La Habana sino cuando encima su homólogo en Nueva York también sacó la película de la competencia. Pero, la verdad sea dicha, no me inspiró demasiado para crear esta antología. La censura en Cuba es un continuum que no ha conocido un minuto de relajamiento. Si acaso lo contrario: se endurece de vez en cuando para recordarles a los creadores cuáles son sus límites. No digo que no haya habido reajustes a lo largo de los años de lo que se puede decir y lo que no. Hubo una época en que todo era político, desde la conducta sexual hasta el corte de pelo mientras que ahora vivimos en una época más pragmática desde el punto de vista de la censura. Pero lo político (y por político quiero significar por supuesto el Poder, con mayúsculas) no se toca. Y si se toca es en circunstancias muy especiales y en espacios muy cerrados, circunscritos. Como los monjes en la Edad Media, que podían establecer debates teológicos muy audaces siempre que se mantuvieran fuera del alcance de la gente común.
Resulta curioso que, encima, el brazo de la censura a la película llegara incluso hasta la ciudad de Nueva York, donde tú vives. ¿Es que no existe un territorio libre de esa persecución, ni en el exilio?
No, no creo que exista territorio absolutamente libre. Es inherente a la libertad dar miedo, enfrentarte el vértigo de lo desconocido, lo riesgoso, y los seres humanos, por lo general, somos bastante cobardes. Disculpa que suene a slogan mambí, pero la libertad tiene que resolvérsela uno cada día, donde quiera que esté. Aunque los riesgos que se pueden correr acá son incomparables con los de Cuba. Aquí, a raíz de la censura a Santa y Andrés varios amigos nos reunimos y redactamos una carta que se la dimos a firmar a gente de cine. Luego la hicimos publicar en varios periódicos y se la mandamos a los patrocinadores del festival. En la Cuba en que viví hasta 1995 eso era impensable.
¿Qué opinas de la predominante visión arqueológica sobre la censura en Cuba y su reducción al periodo del llamado “quinquenio gris”?
No sé cómo consiguen ver la censura en Cuba como un asunto del pasado. Con tantos ejemplos que se repiten una y otra vez. El principio de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” es terriblemente represivo y a ese principio no se ha renunciado ni un minuto desde agosto de 1961. Supongo que en esa visión arqueológica tenga que ver que muchos de los censurados de ayer sean parte de la cultura (entiéndase también censura) oficial. En ese sentido, el de la censura, el régimen cubano actual resulta una especie de totalitarismo ilustrado. Los encargados de lidiar con los artistas y escritores ya no son los militarotes de antaño: los Papito Serguera, los Pavones, los Quesadas. Ahora son una mezcla de funcionarios con estudios universitarios con intelectuales graduados en diferentes niveles de censura, incluida la censura en carne propia. Esos últimos resultan a la larga los más efectivos. Son los que les dirán a los jóvenes creadores: “Eres muy atrevido porque eso en mi época no se podía decir”. Y todos tan contentos. Los jóvenes porque les satisface su audacia y los viejos porque sienten que de alguna manera han contribuido a esa “evolución”.
No conozco antecedentes de una antología similar, ni en el exilio. Aunque hay historias de vida muy bien documentadas, como Informe contra mí mismo, de Eliseo Alberto Diego. Se han hecho antologías de las becas, de los trenes, de cualquier cosa, pero parece increíble que faltara la de los omnipresentes "segurosos". ¿A qué crees que se deba ese silencio? ¿Existiría una sutil raya roja que tú estás cruzando ahora?
Las razones son bastante obvias. El régimen cubano restringe las libertades políticas y económicas de sus ciudadanos más que cualquier otro en la actualidad a excepción de la hermana república de Corea del Norte. Y encima no le gusta que se lo digan. No está preparado para lidiar con una evidencia tan elemental. Se lo dices y en vez de cambiar te amenaza: el Poder quiere que le digas lo hermoso que es o en su defecto te dediques a hablar de otra cosa. Los regímenes así son narcisistas por naturaleza. Y pretenden que los intelectuales sean su espejo mágico y confirmen la idea que el Poder tiene de sí mismo. Pero los escritores, incluso en Cuba han demostrado ser, a pesar de todo, una especie bastante resistente. De hecho, algunos textos de la antología (no muchos, la verdad) aparecieron antes publicados por editoriales cubanas. La diferencia estriba en que esos gritos que se pierden en el escándalo continuo que es la realidad cubana al ser reunidos en la antología ofrecen un contexto esencial para entender esa realidad. La represión es el elefante en la habitación que nadie quiere mencionar, al que le damos un rodeo de camino a la cocina. Pues “El compañero que me atiende” es un libro sobre el elefante y lo que significa tenerlo metido en tu casa.
¿Encontraste receptividad en todos los autores a que pediste colaborar? 
Mucha más de la que esperaba. Fue esa receptividad la que me animó a llevar a cabo el trabajo agotador de buscar, seleccionar, revisar y editar más de seiscientas páginas de manuscritos. Y supongo que fue porque vieron la oportunidad de contar historias que tenían entre pecho y espalda desde hacía mucho tiempo. De las decenas de escritores que invité solo dos se negaron en redondo, algo que en esos casos concretos no me sorprendió para nada. Luego hubo otros que se mostraron muy entusiasmados, pero me dijeron que por falta de tiempo o por compromisos que debían atender no podían participar y me consta que era así.
¿Cómo ordenaste la selección? ¿Qué periodos abarca?
Está organizada más o menos cronológicamente y dividida en cuatro partes. Y cuando digo cronológicamente no me refiero a la edad de los autores sino a la época en que ocurren los hechos a que se refieren, sean reales o ficticios. La primera parte corresponde al período que va de 1959, la segunda a la década del ochenta, la tercera a los noventa y la última del 2000 en adelante. No se trata de ninguna preferencia por los números redondos, pero tras leer los textos uno percibe cómo cambia la actitud del “compañero” hacia sus “atendidos” de acuerdo con la época. En los primeros veinte años del régimen la represión era más directa: se trataba de meter en cintura a una sociedad capitalista, con valores más o menos liberales, con ciertas nociones de lo que era una democracia representativa etcétera y someterla a la nueva disciplina. Luego el 1980 se convierte en un parteaguas: que en cuestión de horas entraran casi once mil personas en la embajada del Perú en La Habana con solo retirar la custodia y que en unos meses el 1.4% del país se les fuera por el Mariel debió alertarlos. Hacerlos pensar que el sistema de vigilancia y represión debía refinarse, prevenir los conflictos antes de que estallaran. Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el comienzo del Período Especial que junto con la crisis atroz que trajo se pasó a una situación totalmente distinta, con una “atención” menos ideológica, más pragmática. Y eso a su vez cambia con la llegada del chavismo al poder en Venezuela en 1999 y las grandes movilizaciones pidiendo la devolución del balserito Elián González a principios del año siguiente. Y cada uno de esos grandes cambios se reflejan en reajustes en las relaciones del Poder con los escritores. Creo que todo eso aparece directa o indirectamente en el libro. El libro final anda por las cuatrocientas ochenta páginas.
¿Hay autores de las dos “orillas”?
Hay autores de todo tipo de orillas. Y de monte adentro también. La única condición que puse es que fueran cubanos y estuvieran vivos. Con los muertos se podría hacer otra antología fenomenal pero ya eso sería otra historia en la que habría que lidiar con herederos, albaceas, abogados, etc. En la antología hay miembros de las generaciones y grupos más importantes de los últimos cuarenta años: de la generación de Mariel, del grupo El Establo, de Diápora(s), de los Seis del Ochenta, de los que alguna vez llamaron Novísimos, de la Generación Cero. Son 56 autores en total. Allí están Antonio José Ponte, Manuel Díaz Martínez, Rolando Sánchez Mejías, Karla Suárez, Ronaldo Menéndez, Legna Rodríguez Iglesias, Carlos Alberto Aguilera, Damaris Calderón, Atilio Caballero, Jorge Enrique Lage, Idalia Morejón Arnaiz, Norge Espinosa, Mabel Cuesta, Odette Alonso, Abel Fernández Larrea, Joel Cano, Ernesto Santana, Manuel Sosa, Amir Valle, Yoss, Orlando Luis Pardo Lazo, María Elena Hernández, Jorge Ángel Pérez, Néstor Díaz de Villegas, Ahmel Echevarría, Amir Valle, Gleyvis Coro Montanet, Rafael Almanza, Jorge Ferrer, Raúl Flores Iriarte, Roberto Uría y María Elena Cruz Varela hasta llegar a 56. Entre ellos hay unos cuantos premios David, de la Crítica, Cirilo Villaverde de novela y de todo tipo de galardones internacionales.
Viviendo entre potenciales agentes encubiertos, muchas veces las apariencias engañan, la realidad parece ficción, y viceversa. ¿Te propusiste reunir solo literatura, no memorias? ¿Acaso los lectores tendrán pistas de cuándo son hechos reales y cuándo ficticios, o de los vasos comunicantes que los unen?
Una de las principales virtudes de la antología es, además de la calidad intrínseca de sus textos, la variedad. Hay de todo: cuentos, poesía, teatro, memorias, crónicas, ensayos, incursiones en la literatura fantástica, el humor, en la ciencia ficción.  Un estado policial como el cubano es por naturaleza bastante paranoico y tiende a crear entre los perseguidores y los perseguidos una seria confusión en los límites entre lo real y lo ficticio. De ahí que tuviera el cuidado adicional de ignorar las convenciones tradicionales entre la ficción y la no ficción. A casi todos los relatos, ficticios o no, los trato simplemente como “textos”. Si se me permite la frivolidad debo recordar que un estado totalitario tiene como una de sus principales tareas imponer ciertas ficciones. Y la fundamental de estas es la ficción de que el Poder cuenta con el apoyo del 100% de la población. A excepción, si acaso, de un grupúsculo de mercenarios al servicio del enemigo. Pero para hacer creíble esa ficción se necesita crear una realidad, la de la vigilancia a escala masiva. Y esa vigilancia masiva crea a su vez otra ficción, la de la paranoia. No solo el reflejo paranoico de que todos estamos bajo vigilancia todo el tiempo y cualquiera puede ser informante sino hasta de que todo lo que ocurre —incluso acontecimientos que obviamente contradicen ese Poder— es porque el Poder lo ha decidido así. Sería entonces muy pretencioso de mi parte pretender establecer límites entre la ficción y la no ficción en un libro así. De manera que prefiero dejar al buen entender del lector cómo leer cada texto, qué relación establecer con estos.
Mientras preparabas la selección ha ocurrido el caso enigmático de los ataques acústicos en la embajada de Washington en La Habana. ¿Crees que esto le dio un nuevo sentido al proyecto? En círculos foráneos se valora la Seguridad del Estado en función de roles geopolíticos, pero entre muchos cubanos se percibe cotidianamente de otra manera, relacionada con la falta de privacidad, la manipulación y el control de la vida común. En ese sentido, ¿qué le puede revelar la antología El compañero que me atiende a un público internacional, y también al cubano?
No creo que esos ataques hayan tenido ningún efecto en la conformación de este libro. A la distancia a la que estoy los ataques acústicos me resultan más de lo mismo. Una confirmación antes que revelación de algo. El Poder en Cuba siempre se anda creando algún tipo de crisis en relación con los Estados Unidos: ya sean migratorias, o de espionaje, represiones masivas, secuestro de ciudadanos norteamericanos, o directamente asesinatos como en el caso de los pilotos de Hermanos al Rescate. Aquí la única novedad es el medio utilizado. Y te confieso que al crear esta antología no andaba pensando mucho en un público internacional. Entender cualquier fenómeno siempre requiere grandes dosis de voluntad. El acercamiento de Obama generó mucha atención sobre Cuba pero muy poca comprensión. Ahora Cuba vuelve a ser ese lugar ignoto, pintoresco y distante que a casi nadie le interesa. Pero ¡qué comprensión uno puede esperar de los extranjeros si nosotros mismos no acabamos de entender lo que nos ha pasado! Casi siempre que tropiezo con un cubano joven, recién salido de la isla, independientemente de su talento, su educación, o sus buenos deseos por informarse lo que me encuentro es una memoria histórica repleta de vacíos o de lugares comunes y muy poca información concreta. Con frecuencia saben más de lo que está pasando en Estados Unidos que en Cuba. Da igual que se trate del siglo XIX como de veinte años atrás o hace diez días. Lo que intenta un libro como este es rellenar esos vacíos. No ya sobre lo que ocurrió hace un siglo sino hace 20 años. O ayer mismo. Cuba ya no es un país de poca memoria como decía Aldo Baroni. Es un país con un alzhéimer galopante. Lo que este libro ofrece, a propios y extraños cómo han funcionado ciertos mecanismos de control e intimidación durante décadas, sin descanso. Mecanismos que explican cómo funciona la realidad que existe por debajo de las apariencias, de los desfiles de un millón de personas, de esos escritores que van repitiendo como papagayos los “logros de la Revolución”. “El compañero que me atiende” puede interesarle a un extranjero en la medida en que su realidad se empiece a torcer en alguna dirección totalitaria, y servirle de advertencia de cómo se llega a ese punto de no retorno. Porque lo cierto es que ninguna sociedad moderna está libre de la pulsión totalitaria. Pero mientras no llegue ese momento le parecerá literatura fantástica que es otra manera, mucho más distanciada, de leer este libro. Pero el que quiera escuchar, cubano o no, encontrará material de sobra para hacerse una idea de cómo se domestica a un pueblo.
Sin duda los "compañeros" han incentivando una tradición de fingimiento, neurosis y delirio de persecución que aumenta el nivel de subjetividad, barroquismo y "metatranca" de la literatura cubana. ¿Crees que quedarán contentos con esta especie de reconocimiento a su “aporte”? Por otro lado, la investigación te habrá permitido llegar a algunas conclusiones generales y hacer quizás algunos descubrimientos, ¿es así?
No sé cómo reaccionarán los “compañeros” cuando se lean en esas páginas. Es el público en el que menos he pensado. Encontrarán, me temo, mucho desprecio, mucho rencor, mucha guapería retroactiva por parte de escritores que pretendieron tener bajo control. Y también en algunos casos hasta compasión, intentos de verlos, pese a todo, como seres humanos. Seres a los que se les amputó lo mejor de sí para que pudieran llevar a cabo la función penosa que cumplieron. Pero el mayor descubrimiento al que me ha llevado esta antología no se relaciona con los segurosos sino con mis colegas. La respuesta masiva de parte de los escritores al proyecto fue el gran hallazgo. Me mandaban sus manuscritos sin preguntar por los honorarios. Esa entrega, esa confianza, ese desinterés después de tantos años viviendo en la desconfianza y el recelo ha sido el hallazgo más valioso. El más estimulante. Y la capacidad de cada uno de esos escritores de ser honesto con la propia realidad en que le tocó vivir y encima hacer literatura con ello.