viernes, 20 de abril de 2018

El presidente sin atributos

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Yo crecí con un presidente que no tenía apellido Castro. El apellido era Dorticós. Nadie sabía bien para qué servía el presidente (sospecho que ni el mismo lo supo nunca) pero estaba allí, con su bigotico, sus gafas y su apellido diferente. Había un par de Castros pero eran solo primer ministro uno y jefe de las fuerzas armadas el otro. Luego (en 1976 para ser exactos) el presidente dejó de ser presidente para cederle su puesto al Castro primer ministro. Entonces se debió dar cuenta de para qué había servido: para aguantarle el puesto a un Castro hasta que le hiciera falta. Como mismo alguien te pide que le aguantes una caja mientras se acordona los zapatos. (Si, pocos años después, el antiguo presidente terminó matándose no creo que fuera por la conciencia acumulada de su inutilidad. Lo único cierto es que nos importó tan poco como si siguiera vivo y todavía fuera presidente).
Escucho la algarabía que ha estallado porque el presidente volvió a cambiar de apellido y empiezo a no entender nada. No acierto a imaginar qué tiene de sorprendente -o esperanzador- que ahora mismo algún Castro se esté acordonando los zapatos.

Un exilio muy suyo

Reproducimos aquí el texto mío que sobre el poemario Lejos de casa de Gleyvis Coro Montanet acaba de publicar Hypermedia Magazine. Y para terminar incluyo, por cortesía de la poeta, uno de los sonetos del libro.
Un exilio muy suyo
Contrabandos, flora y exilios dieron origen a la poesía cubana, esa isla que se repite. La de la poesía digo. Repetida no por falta de originalidad de los poetas, sino por la materia que han tenido delante, redundante y cacofónica. 
Espejo de paciencia, la “Oda a la piña”, el “Himno del desterrado”, “El laúd del desterrado”, Versos sencillos, “Nieve”: catauros de contrabandos, vegetales y exilios. Dioses tutelares de aquella poesía inicial fueron los exiliados Heredia o Martí. O Casal, contrabandista de chinerías y climas ajenos. 
Teniendo en cuenta tal tradición, Lejos de casa (Cristal de agua, 2018), poemario de Gleyvis Coro Montanet, no trabaja con materia especialmente original. 
Si algo distingue a Lejos de casa en la isla actual de la poesía cubana no es el tema sino el tono y la concentración. Apenas se deja distraer Gleyvis de los dos o tres temas que la obseden. Si acaso se permite el alivio del humor o la rima para caerle “con esa fuerza más” a su personal tragedia, su exilio íntimo. 
Como todos los buenos poetas, o los filósofos, o los fundadores de mundos nuevos, la preocupación primordial de Gleyvis es dar a las cosas el nombre que mejor les acomode. Exilio le llama a su tragedia. No viaje, trashumancia, cosmopolitismo, diáspora. Exilio. 
“Lo nombra mal quien lo nombra diferente. Exilio es una palabra muy suya. Como un poema bucólico es muy suyo, aunque sea bucólico”. 
Y aquí vale comentar un par de tópicos más o menos recientes. El del exilio cubano, por ejemplo. El exilio como un paso “a mejor vida”, como una suerte de paraíso en el que la vida debe resultar obligatoriamente mejor. Una superstición a la que contribuye que en contraste con el país abandonado nada puede ser peor. Pero “no prospera de golpe quien se va”, advierte la poeta para a seguidas devolverle al acto de exiliarse, de desprenderse del país natal, su original sentido trágico. Como el de Heredia o el de Martí, su exilio vuelve a doler. Es trágico porque, sin ahorrarnos una sola de sus angustias, la poeta no da señales de arrepentimiento. El exilio es tragedia no por las angustias que produce sino por ser estas fatales e inevitables. 
Dadas las circunstancias que va reconstruyendo Gleyvis en su libro quedamos convencidos de que su fuga no fue irreflexiva sino todo lo contrario: fue un acto cuidadosamente meditado antes y después de realizado. Pero la libertad que ahora estrena no le permite olvidar lo antinatural que es sacudirse de golpe y para siempre el paisaje y los seres que nos acompañan desde que nacimos. Ni la hace olvidar que la fuga febril de su inhabitable paisaje natal (“Hermanos, por amor, escapen del país. Nuestros abrevaderos son escoria radiactiva”) es, a la vez que victoria momentánea, cierto modo de muerte. 
¿Dije que para Gleyvis el exilio era inevitable, fatal? Me desdigo. En medio de esa fatalidad, la de elegir destierro tras comprobar que no hay vida normal ni dicha posible en la isla, (sobre todo si se escoge llamar las cosas por su nombre, “llamar cernícalo al cernícalo”) Gleyvis nos recuerda, insidiosa, que alguna vez tuvimos la oportunidad de salvarnos. 
“Ay, si hubiésemos hecho un pacto:/ juntarnos en un solo sitio,/ en el mismo punto cruz de todos los mapas,/ hoy seríamos todavía una nación”. 
Es esa visión de la oportunidad que habría hecho innecesaria la huida, la que le da al exilio de Gleyvis su carácter profundamente trágico, la que acerca a esos desterrados al mismo tiempo desesperados y esperanzados que la precedieron. A un Heredia o a un Martí. A los poetas que pensaban que nuestra redención pasaba por soluciones colectivas, radicales, que el exilio era     —sin importar su duración— estado transitorio y no destino más o menos definitivo. Pero al optimismo de los desterrados decimonónicos Gleyvis le enfrenta su desesperanza radical. Al coraje de enumerar lo perdido se añade el de reconocerlo como irrecuperable.  
El exilio, esa solución personal ha sido —nos recuerda Gleyvis a los exiliados satisfechos de serlo— un acto colectivo de cobardía. Cobardía con la que no pretende ahorrarle la culpa a tiranos que nombra del modo que considera más adecuado: faraones. Fueron esos “faraones sucesivos […] los que impusieron el éxodo”. Los que “amurallaron las lenguas, la facilidad de palabras, el arte de impugnar, por lo que hubo que disgregarse en ciclos y en masa”. Faraones a los que no les ahorra nombres ni apellidos como mismo ellos no nos han ahorrado humillaciones y desastres. Y dice evocando versos famosos de Eliseo Diego: 
“La forma en que mi abuelo lo decía:/ Aquello o esto fue cuando Batista;/ el énfasis verbal que le ponía/ al sustantivo infame de Batista,/ me inclinaba a pensar que él prefería/ diez millones de veces a Batista/ que a Fidel Castro Ruz”. 
No es Eliseo el único de nuestros poetas mayores que invoca. A varios de ellos los menciona no para injerirse modosamente en la tradición sino para encararlos. Recordarles lo mucho de engaño, de ilusionismo autocomplaciente, que tenían sus edificios poéticos. A Virgilio Piñera le reconoce que “La isla en peso” es “la pieza más febril que escribió cubano alguno” pero al mismo tiempo le critica que sea un “discurso equivocado” porque “la cárcel mayor era el exilio, que estar fuera de Cuba es lo que mata”. 
A Lezama le explica que “un drama político-legal y miserable,/ destrozó paradigma y panorama,/ al punto que nacer, allí, Lezama,/ no es ya una fiesta innombrable”. Y si se reclama hija de Martí es para recordar la genética maldición en que ha derivado su insistencia en que fuéramos Nación:
“Hijos del prócer Martí son todos en igual y en desigual medida, desde la proa hasta la popa del inclinado barco que hace de nación. Herederos de su culpa —que fue mucha— de sus vicios y su eventual desgracia, también abundante”. 
Martí sigue siendo el recordatorio omnipresente de lo que somos y —sobre todo— de lo que no somos. Ni cuando la poeta viaja por los pueblos de Hezpaña (la rabia contra su des-tierra la lleva a destrozar su ortografía), esos sitios con una temporalidad tan ajena a casi todo, es posible sustraerse al fantasma de la isla. 
“Si el guía habla de Maimónides, pensamos en Martí y en los enormes lomos de sus Obras Completas. Si el guía habla de un orador potente, de un poeta o patriota, pensamos otra vez en Martí”. 
Pero no se engaña la poeta: recordamos a Martí menos por lo que nos dejó que por lo que no consiguió darnos. Por todo lo que el recuerdo de sus palabras y hechos nos impide olvidar. “Pensamos con recurrencia en Martí porque nuestra historia es breve y ha sido defraudada” dice la poeta. 
Gleyvis sabe, no obstante, que para que su exilio sea verosímil no basta con invocar las coartadas colectivas. Que para que esos dolores sean suyos, (y nuestros), tiene que mostrarnos sus cicatrices más íntimas. Y las muestras. Se fue porque “me prohibieran amar y ser amada, escrupulosamente, por una chica emblemática”. Y, por si no estábamos atendiendo, lo repite en otro sitio. Se fue por no poder “amar a mi chica allí. Eso, tan simple, que ni lo puedo decir con superior cadencia: amar a mi chica”. 
Que otros hablen de fusilados, de los devorados por tiburones mientras escapaban de la isla. Para Gleyvis el acto más imperdonable cometido por eso que llaman Revolución fue prescindir del talento de una cantante, la Lupe. No es frivolidad decir que lo que “no se le puede permitir a ninguna revolución ni a nada siquiera paralelo a una revolución” es “hacer lo que le hizo la revolución a La Yiyiyi” porque en ese desprecio por la cantante se cifra el origen de todas sus crueldades pasadas, presentes, futuras: un profundo desprecio por todo lo que de hermoso y único puede haber en un ser humano. 
Esa apuesta de la poeta por hacer íntimos los dolores patrios la lleva a reconocer que “una tarde, en la estación de Atocha,/ lejos de Cuba y su tapujo,/ pensé lanzarme a la nariz de un tren moderno,/ a ver si me pulverizaba”. Y si no lo hizo fue por “el brutal deseo de no morirme lejos de casa”.  
En nombre de esa intimidad herida recorre varias de las humillaciones típicas del desterrado entre las que está, en primer lugar, no poderle llamar “casa” a ningún otro sitio como se lo recordó una casera desalmada en invierno: 
“Después de haberme chupado/ hasta la miaja de los huesos,/ con el alquiler de un cuarto, tipo cueva,/ aquella vieja me echó a la calle/ debajo de una nevada”. 
O esa otra humillación, tan particular a la cubana condición, de tener que aguantar que el extranjero más ignorante venga a explicarte tu propio país: “Yo que soy y he estado donde tú no, estudio y temo tus deducciones”. 
En el exilio —si es un exilio real y no ese refugio acolchado de amigos que nos vamos inventando— no se vive, solo se pernocta, como diría otro exiliado, el poeta Jorge Valls. 
El exilio será un lugar donde “los únicos sitios fundamentales para mí son el correo postal y la mesita del teléfono”. 
El exilio será fatal para el poeta no por falta de comodidades o de motivos de inspiración. El exilio —nos dice Gleyvis— es el tiempo en esteroides, un sitio donde el olvido siempre llegará más rápido que en casa. (Y uno empieza a sospechar que si Martí regresó a Cuba en la forma en que lo hizo fue para impedir que lo olvidáramos). 
Para evitarse ilusiones la poeta se mira en el espejo de un poeta cubano muerto en su exilio español: “Que nada quede de Baquero aquí,/ me grita que esta Hezpaña dislocada/ también demolerá lo que escribí”.  
Poeta al fin, parece que Gleyvis exagera. Que se duele por el mero vicio del lirismo. Asumimos que en el siglo de los videochats y la comunicación súbita la mera palabra exilio debería ser desdramatizada. Pero como dije antes, el tono y la concentración de Lejos de casa no permite huidas tan fáciles. La poeta viene a recoger todo el dolor esquivado a golpe de carros del año y barbacoas dominicales. 
Como en Cartas desde Rusia de Emilio García Montiel, Naufragio y sedición en la isla de Juana de Jorge Salcedo o en Palabras a la tribude Néstor Díaz de Villegas, Gleyvis se echa el país encima de sus hombros de poeta. Viene a recordarnos que un exilio que no tenga como meta el regreso, por imposible y metafísico que parezca, ha renunciado a serlo. 
Todavía “hay una zona de mí/ que regresaría hoy mismo/ a vivir allá perpetuamente” confiesa Gleyvis con una convicción que me falta. Entonces despliega su utopía mínima: la de un país en que “una avería de mediana condición no tarde un siglo en ser reparada”. 
Una utopía tan personal como sus angustias. El proyecto de “levantar una tienda de carne en mi país. Una tienda pobre, de carne de segunda”. 
Una utopía que por vulgar que parezca no disimula su vocación trascendente cuando a través de ella el espíritu se hace, literalmente, carne. “¿Por qué o para qué lo haría? Por Cuba. Para que la gente vuelva”.

 Soneto escrito en España o donde le digo ¡alerta! a todos los escritores cubanos  
"...Nada puede secar el árbol de la poesía" Gastón Baquero 
 Que nada quede de Baquero aquí,  
me grita que esta España dislocada  
también demolerá lo que escribí
 y no solo en la arena, sino en cada
 omnímodo formato. Tanto así, 
tan poco queda de Baquero aquí, 
que el árbol, finalmente, se ha secado.  
Y si a Gastón Baquero le ha pasado,  
resulta una verdad de enciclopedia. 
Por eso la pregunta: ¿qué hago aquí?
  constante en su goteo, como Pi,
 con su golpe de horror, con su tragedia,
  como un fatum, que viene desde Heredia,  
y sin piedad alguna, llega a mí. 

miércoles, 18 de abril de 2018

Prólogo de El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana

Reproducimos aquí el prólogo del libro El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana que la editorial Penguin Random House acaba de publicar en su edición electrónica.
Dicho libro fue prologado por el escritor argentino Juan Bautista Yofre antiguo secretario de Inteligencia del Estado en su país. Es autor entre otros libros de Fue Cuba. La infiltración cubano-soviética que dio origen a la violencia subversiva en Latinoamérica
Próximamente publicaremos en este mismo blog el primer capítulo de El soviet caribeño.



A manera de prólogo (sobre la historia de un gran engaño)

Por Juan Bautista Yofre
Hace poco menos de un lustro, cuando decidí escribir Fue Cuba como una forma de explicar a los lectores la desgracia argentina de los años 60 y 70, me sumergí en innumerables textos de autores muy reconocidos internacionalmente y con gran respaldo económico. Otros libros eran testimonios de diplomáticos sobre sus pasos por La Habana o simples observaciones sobre gestiones de personajes de la época pre y post dictadura de Fulgencio Batista Zaldívar. En la lista de libros observados tampoco faltaron los de varios que reflejaron un clima de época no del todo completo sobre la inevitabilidad de la llegada de Fidel Castro Ruz y el clandestino Partido Comunista al poder en Cuba (conocido como Partido Socialista Popular). También consulté los testimonios de algunos de los que acompañaron a Fidel Castro durante los días de la Sierra Maestra y más tarde, cuando vieron la luz de la verdad, lo abandonaron y fueron encarcelados por años o partieron al exilio. En escasas palabras, y sin ningún atisbo de vanidad, puedo decir que leí más de lo conveniente. Hasta de aquellos a los que considero cómplices de la tiranía castrista porque no contaron certeramente la verdad de la génesis del pensamiento de la revolución cubana, buscando un éxito editorial que en general nunca les faltó. Son los surfistas del progresismo, muchas veces acompañados por editoriales capitalistas. Fue cuando recordé a Eric Hobsbawn, que nos decía: “La historia tergiversada no es historia inofensiva. Es peligrosa”. A todos estos libros agregué los archivos secretos de la Inteligencia checoslovaca.
Fue en ese tiempo de gestación de mi libro sobre la responsabilidad cubana en la tragedia argentina (y latinoamericana) que comencé a prestar atención a detalles que venían del más allá, a miles de kilómetros de Buenos Aires, de Canadá, que me decían que en mi damero narrativo faltaban elementos informativos muy importantes y que, por lo general, nadie se atrevía a señalar y poner en su justo lugar. Observaciones que la Inteligencia estadounidense no tuvo en cuenta por simple estupidez o irresponsabilidad absoluta y que sí ilustraban el archivo de la Inteligencia checoslovaca en mi poder.
Esa voz que me venía de Canadá a través de relatos aislados —por el momento— sobre El soviet caribeño era la de César Reynel Aguilera, un joven médico y escritor cubano que nació cuando yo atravesaba los 17 años de mi existencia y faltaba un año (1964) para que una columna guerrillera entrara a la Argentina por el Norte para desafiar a los poderes constitucionales. La encabezaba un argentino amigo de Ernesto “Che” Guevara y contaba en su dotación con hombres forjados en la Sierra Maestra, algunos de los cuales llegarían a altos cargos en el gobierno cubano y el Partido Comunista de Cuba.
Con el paso de los días y las semanas, César Reynel Aguilera se convirtió en mi sherpa. Fue él quien me enseñó la importancia de personajes clave en la operación de apoderamiento comunista de la nación cubana, mientras muchos se distraían con los sones de Benny Moré. Al respecto, no faltó la ironía atribuida a Ernesto Guevara —y aceptada por Carlos Franqui— al decir que era “una revolución con pachanga”. Lastimosamente, cuando la pachanga —que es la expresión de la alegría— se apagó, Cuba cayó en la tristeza de la penumbra y llegaron los sonidos de las balalaikas.
Es de los pocos autores que pusieron su lupa sobre la personalidad y el trabajo en las sombras del polaco comunista Fabio Grobart en Cuba. Así se llega a saber que Fidel Castro Ruz ya era comunista antes de entrar en La Habana el 8 de enero de 1959. No lo digo yo, lo afirmó el propio Castro a los dos años de estar en el poder y tras haber ahogado en el silencio todo atisbo de oposición en Cuba. Fue el 22 de diciembre de 1961 cuando se sacó la máscara y declaró al diario Revolución: “Desde luego, si nosotros nos paramos en el pico Turquino cuando éramos ‘cuatro gatos’ y decimos: somos marxistas-leninistas, desde el pico Turquino, posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano. Así que nosotros nos denominábamos de otra manera, no abordábamos ese tema...”.1
Acentúo el desafío-franqueza de Castro porque es bueno que se sepa que los funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, hasta ese momento, vivían en Babia: “No encontramos evidencia creíble que indicara que Castro tenía lazos con el Partido Comunista o, incluso, que sintiera mucha simpatía por ese partido”, dijo el secretario de Embajada en Cuba Wayne Smith años más tarde. Era el encargado de cerrar la embajada estadounidense en La Habana en 1960 y partió para asesorar a la Casa Blanca como especialista en cuestiones cubano-americanas y miembro del Buró de Inteligencia de Foggy Bottom. En los peores años de la década del 70, Smith fungió en Buenos Aires de consejero político de los embajadores John Davis Lodge y Robert Hill.
Todo el recorrido del relato de Reynel Aguilera es una revelación tras otra que él pudo tomar en su casa paterna (su padre fue un importante miembro del PSP) y del propio conocimiento de sus años de observación y estudio. Para aquellos que trabajan en la investigación periodística, su capítulo “El quinto mártir” es un espejo donde reflejarse.
No soy proclive a escribir prólogos, pero estimé necesario hacerlo en este caso por dos razones. La primera, porque el lector va a conocer de primera mano y con certezas absolutas cómo el comunismo se apoderó de Cuba ante la sorpresa generalizada de su sociedad. Luego, por una cuestión de reconocimiento —y agradecimiento—, porque sin César Reynel Aguilera no hubiera llegado a profundizar los pliegues de la gran estafa castrista que lleva más de medio siglo en el poder.
Con El soviet caribeño el lector habrá de sumergirse en un mundo secreto, impreciso, cargado de hipocresías y mentiras; un universo de miradas de hombres de buena fe que confiaron en el discurso público de Castro mientras se maceraba ya en el poder, a través de un gobierno en las sombras, la tragedia cubana que se pretendería, más tarde, llevar o exportar a toda América Latina. Es un libro necesario para comprender lo que sucedió en Cuba y lo que puede ocurrir cuando lo que se dice no es lo que se piensa.

Estoy muy lejos de creer...


José María Heredia, uno de los pioneros del exilio cubano, le escribe a la madre el 5 de diciembre de 1823 desde Boston. Todavía no había cumplido 20 años:

“Nada tengo que decirle sobre mis sentimientos. Su merced puede considerar si me ha sido agradable salir de Matanzas y dejar mi familia, mi estudio y mis relaciones. Empero, no me he arrepentido un momento de haber preferido el destierro al crimen y a la infamia. Estoy muy lejos de creer que esto dure, y entonces, cuando vuelva a Cuba, llevaré conmigo la reputación gloriosa que debe seguir a una honradez acrisolada por una prueba tan penosa”

[El énfasis es mío]

sábado, 14 de abril de 2018

Miranda o las desventajas de llegar temprano


Artículo aparecido días atrás en Nuestra Voz:

Miranda o las desventajas de llegar temprano

Hay seres que, como Francisco Miranda, decimos que están adelantados a su tiempo. Unos se adelantaron décadas —o hasta siglos—pero con el San Juan Bautista de la independencia sudamericana podemos ser más precisos: Miranda se adelantó justo por dos años. Porque fue en 1806 que decidió llevar a cabo una expedición contra el dominio español en Venezuela. El 2 de febrero de ese año zarpó en la corbeta Leander de doscientas toneladas y armada con 18 cañones de la ciudad de Nueva York dispuesto a liberar a Venezuela. Al menos era lo que repetía una y otra vez Miranda con el ímpetu de mesías y persistencia de reguetonero. Lo mismo que llevaba repitiendo desde que llegó a Nueva York el noviembre anterior para convencer a grupo de idealistas, aventureros y negociantes de que secundaran su plan. Incluso fue a Washington (que ya era una capital) y se reunió con Jefferson y Madison (que todavía no era avenida de Manhattan) pero estos le respondieron algo así como “Chévere, ve y libera a Venezuela… pero ve como cosa tuya”.
En aquella expedición destinada a liberar Venezuela y Sudamérica entera del dominio español terminaron enrolados un montón de norteamericanos, unos cuantos franceses y polacos y algún que otro portugués. Venezolanos eran solo Miranda y la bandera que acababa de inventar con la ilusión de que algún día inspiraría el diseño del uniforme de la selección nacional de fútbol. La primera escala fue en Haití, por aquella época la única nación independiente del continente además de Estados Unidos. Allí recibió ayuda abundante y dos barcos más para la expedición. En Venezuela, en cambio, Miranda no fue tan bien recibido como en Haití. Olvidaba decirles que el cónsul de España en Nueva York había informado de la expedición al embajador español en Washington y este a su vez a las autoridades españolas en Venezuela sobre los planes de Miranda. De manera que al llegar la expedición multicultural a costas venezolanas era más esperada que las Navidades. Solo que en vez de arbolitos y turrones los españoles los recibieron con cañonazos. Dos de los barcos expedicionarios fueron capturados y Miranda escapó por muy poco… para seguirse metiendo en nuevos problemas que solo tuvieron fin con su muerte en una prisión española una década más tarde.
Todo por adelantarse a su tiempo. Porque apenas en 1808 las tropas de Napoleón invadirían España, descabezando el imperio. Esa situación propiciaría levantamientos en toda Hispanoamérica que se convertirían en un movimiento continental por la independencia. Movimiento que liberaría a casi todas las colonias de la codicia española para que los nuevos países pasaran a ser dominados por una codicia genuinamente autóctona. Un poco más de paciencia, un par de añitos de espera, y Miranda se hubiera convertido en el iniciador de la independencia hispanoamericana en vez de quedar relegado al triste papel de precursor que es como asistir a una boda en calidad de amiguito de la escuela primaria de la novia. (Una ventaja le lleva, no obstante, al Libertador y es que no le han puesto el nombre de Miranda a la revolución que ha llevado a Venezuela de cabeza al paleolítico. Ahora dicen “bolivariano” y uno se imagina a Miranda revolcado de la risa. Donde quiera que esté).
Por ahí se fue la oportunidad de que hoy se considere a Nueva York cuna de la independencia hispanoamericana. Por puro apuro. Pero el fracaso de Miranda no fue el fin de los contactos de Nueva York con las guerras de independencia. Eminentes personalidades de la ciudad como John Jacob Astor y Stephen Whitney intervinieron en la guerra atraídos por el mismo sueño que ha guiado a los neoyorquinos desde la fundación de la ciudad: hacer dinero. Los comerciantes neoyorquinos lo mismo le vendían barcos a los independentistas que armas y harina a las tropas españolas. Quien quiera que ganara quedaría para siempre en deuda con los mercaderes de la ciudad. De ahí que la guerra entre España y sus colonias fuera ganada por… Nueva York. ¿O es que esperaban otra cosa?


viernes, 13 de abril de 2018

Dos diálogos

Uno de ellos ocurre en La Habana entre un activista de derechos humanos y un desconocido que se le presenta:

-Y usted quién es?
-Este...
-Sí, que viene a hacer aquí?
-Tú no conoces ese libro, "El compañero que me atiende"?
-No.
-Pues... yo no te voy a atender porque yo no soy médico, como tú. Digamos que soy el compañero que va a trabajar contigo.

El otro lo sostuve semanas atrás con uno de los autores incluídos en "El compañero que me atiende":

Autor: No hace falta que me mandes el libro. Ya me lo dieron.
Yo: Quién?
Autor: Adivina.
Yo: No sé.
Autor: La compañera que me atiende! Vino a regañarme por haber participado en la antología. Pero al final me pasó el PDF en una memoria que llevaba arriba.
Yo: Y qué te dijo?
Autor: Se quejó de que los habían llevado muy tenso.

miércoles, 11 de abril de 2018

The Cuba Reader

"The Cuba Reader", por el que estudian los estudiantes de mi universidad, una suerte de antología de textos con los que supuestamente entenderán Cuba. Véanse los títulos ñicolopiztas de las secciones del libro: 
"Neocolonialismo", 
"Construyendo una nueva sociedad", 
"Cultura y Revolución", 
"La Revolución Cubana y el mundo" y
 -para que sepan los que piensan que la revolución se acabó- 
"El Período Especial y el futuro de la Revolución". 

Y se incluye, por ejemplo "Guantanamera" de José Martí. Fernando Ortiz, Reinaldo Arenas y Cabrera Infante aparecen una vez cada uno y Carlos Puebla, 2. Silvio Rodríguez 3, Jorge Mañach, Lezama Lima y Virgilio Piñera 0. Miguel Barnet 3, Ramiro Guerra 0.










domingo, 8 de abril de 2018

Aboliciones


Hechos elementales de la historia cubana se van convirtiendo, gracias a una mezcla de adoctrinamiento y desidia, en cosa de especialistas. Tómese como ejemplo el proceso de erradicación de la esclavitud en Cuba. En Ecured, la Wikipedia cubana (con todo lo que ese adjetivo puede conllevar de limitaciones y provincianismo) en la entrada “Abolición completa de la esclavitud (1870)” se refieren al
“Decreto emitido en 1870 por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República de Cuba en Armas, declarando la abolición completa de la esclavitud”
El resto de las entradas de Ecured referidas a la abolición son: Abolición condicionada de la esclavitud en Cuba (1868); Abolición de la esclavitud en Camagüey (1869); Abolición de la esclavitud en la Revolución de 1868. Ecured parece ignorar que los decretos emitidos por el bando independentista solo tuvieron efecto en los menguados territorios ocupados por este y que dicha institución perduraría en la isla, con sucesivas modificaciones,  hasta 1886.
No es extraño entonces que en una breve reseña sobre la novela de Francisco Calcagno En busca del eslabón. Historia de monos (1888) se diga:     
Aunque el texto no está exento de atisbos racistas, en tanto presenta al negro como situado en un punto entre el mono y el hombre (blanco) en la escala evolutiva, constituye asimismo un intenso cuestionamiento a la esclavitud, desde una posición científica. Debe tenerse en cuenta que para la época las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial.
Si la enciclopedia digital oficial se da el lujo de ignorar hitos tan importantes de la evolución de una de las más infames y decisivas instituciones del pasado cubano cualquier reseñista se puede sentir autorizado a afirmar que en 1888 “las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial”. Teniéndose la idea que se tenga de lo que significa “colonialismo” poco importarían entonces los acontecimientos y las fechas. Si en aquellos tiempos Cuba todavía era una colonia, ergo, “las posiciones abolicionistas eran minoritarias” y por tanto el racismo brutal del autor queda justificado.
En el universo de entelequias en que se va convirtiendo la Historia cubana (de un lado imperialismo, colonialismo, explotación, capitalismo; revolución, independencia, socialismo del otro) los detalles históricos no harían más que perturbar el relato que con mano firme traza el poder.

jueves, 5 de abril de 2018

En el cine

Cuba es como una película larguísima que transcurre como diez veces más lenta que el tiempo real. En algún momento uno (aburrido) abandona la sala pensando que ya no le queda mucho que ver ni falta mucho para que acabe. Pero cuando se asoma a la sala veinte años después se encuentra que están proyectando las mismas escenas que al principio de la película aunque en algunos casos han cambiado los actores. Ya uno recuerda cual será la siguiente escena pero desde las butacas te dicen que te calles. Que te has perdido media película y es lógico que no entiendas lo que está pasando. Y entonces te preguntas si de haberte quedado no seguirías como los que nunca se han levantado de la butaca, expectante ante las escenas que han proyectado una y otra vez.