sábado, 10 de febrero de 2018

Los rostros de los que escogieron luchar


En Diario de Cuba aparece hoy una versión abreviada de una entrevista al artista Geandy Pavón sobre su última exposición dedicada al presidio político cubano. Este blog se complace en ofrecerles la versión íntegra de dicha entrevista:


Vae Victis Vanitas: los que escogieron luchar

Por Enrique Del Risco

251 años. Esos fueron los años que cumplieron en el presidio político las 18 personas representadas en los retratos que reúne Vae Victis Vanitas, exposición que acaba de inaugurar el artista visual Geandy Pavón en William Patterson University. Apenas una mínima muestra, modélica pero no excepcional, del presidio político más nutrido y extenso que haya conocido el hemisferio: decenas de miles de reos condenados a largas penas que habrían de cumplir en condiciones atroces. Para en buena parte de los casos salir de la prisión directamente al destierro donde nunca dejaron de enarbolar los mismos principios que sostuvieron en prisión. Opositores armados o pacíficos, magnicidas frustrados (la única variante que conoce nuestra historia) o conspiradores de café sin leche; intelectuales, campesinos, obreros, de origen africano, europeo, asiático o hasta del Medio Oriente; liberales, anticomunistas, socialistas, anarquistas: todos fueron engullidos por la misma maquinaria que repartía años de prisión con una generosidad asociada a cosas más leves. Hermanados en el dolor y el aislamiento en épocas que nadie se daba por enterado de su propia existencia. Lo que no consiguió la violencia ejercida sobre ellos lo están consiguiendo los rigores de la edad, los desmanes del tiempo. De ahí que esos rostros que Geandy se esfuerza en conservar antes que desaparezcan sean –en su severidad y desafío- mucho más elocuentes de lo que fueron recién salidos de la cárcel. De eso se tratan estos retratos, de una última línea de defensa contra el tiempo. No es metáfora. El día en que se inauguraba la exhibición buena parte de los retratados estaban en el funeral de la esposa de uno de ellos.  

¿Cómo surgió la idea de crear la serie?

Mi relación con la comunidad de expresos políticos comienza desde mi primer día de exilio en los Estados Unidos. La persona que nos recibió en el aeropuerto fue también un ex preso político, el director de la oficina de Rescate Internacional en West New York, el señor Guillermo Estévez. Y el primer lugar al que llegué después de aterrizar en el aeropuerto Kennedy de Nueva York, fue la Unión de Ex Presos Políticos Cubanos. Pero sin embargo, la idea de un ensayo fotográfico sobre los expresos políticos surgió casi 20 años después, paralelamente al de mi interés por la fotografía documental.

El  primer retratado de ésta serie fue el poeta y ex-prisionero político Jorge Valls. Todos los que conocimos a Jorge Valls, tenemos la certeza de habernos encontrado con otra Cuba, con la dimensión de un universo y un carácter que le fue arrebatado a mi generación. Por eso comencé a retratar a Jorge Valls, como quien se encuentra con un ser de otro universo y quiere conservar el testimonio de ese encuentro. Después descubrí que Jorge era la puerta a un mundo al que ya tenía acceso, pero que justo por tenerlo tan cerca y haberlo mirado, nunca había visto: los expresos políticos del presidio histórico cubano. Ésta es una serie que de muchas maneras me hizo consciente de un mundo a mi alrededor que está a punto de desaparecer, de individuos con vidas increíbles que están desapareciendo junto a ese mundo. Es un trabajo que me ha obligado a andar con prisa, que agudizó mi consciencia sobre la mortalidad.

 Sí, y me imagino que la muerte posterior de algunos de los retratados confirme esa necesidad y esa urgencia. ¿Cómo ha sido el proceso de retratarlos? ¿Sentías incomodidad en ellos al dejarse retratar? 

Cuando se retrata a una persona que ha estado tantos años en prisión, siempre hay tensión, tanto de un lado de la cámara como del otro. El retratado tiene la suspicacia natural, la sospecha de estar siendo el objetivo de algo sobre lo cual no tiene ni el control, ni la certeza de un fin particular. El que retrata, tiene en sus manos la responsabilidad de la dignidad estética de quien es retratado. Cuando digo “estética” no me refiero solo a la mera representación de lo bello o lo feo, sino al testimonio material de una vida, contenida en una sola imagen.

Algunos de los retratados se mostraron reticentes al principio, después pude convencerlos de la importancia de su testimonio. Esta serie incluye fotografías de carácter situacional, para dar una idea del contexto, otras son más estudiadas, donde el sujeto posa para la cámara. Todos los sujetos fueron retratados usando el mismo formato del Mugshot. El mugshot es un close up del rostro del acusado, es la manera en la que la policía documenta a los detenidos. Pero para realizar este tipo de retratos, generalmente se usa un teleobjetivo para no acercarse demasiado al retratado. Yo en cambio usé un lente normal con una anilla de acercamiento, de manera que literalmente estoy a un pie del rostro de cada una de las personas retratadas. Como te puedes imaginar no es una situación demasiado cómoda para quien está frente a la cámara.

Una vez que el sujeto estaba sentado y listo para ser retratado, yo le pedía que mirara directamente al mismo centro del lente (una cámara Hasselblad de formato mediano). Así los dejaba por unos instantes, concentrándose, y entonces tomaba el retrato. Creo que esos pocos segundos de concentración frente a un objetivo tan cercano a sus rostros, fue lo que me permitió lograr que el retratado estuviera centrado en sí mismo y no distraído por el hecho de posar para un retrato. Es algo paradójico, porque quizás lo que rompe con esa aprensión de ser el objetivo de un lente, es precisamente el extremo de una cercanía tal, entre la cámara, que funciona como un espejo, y el rostro.

Muchos de estos ex-presos han visto su vida reflejada en los libros de otros, en los documentales y las palabras de otros, en el saco testimonial de un colectivo: los presos políticos cubanos. Creo que para una gran parte de mis retratados en esta serie ha sido la posibilidad de un último testimonio, pero esta vez individual, más personal. Las calaveras todas son iguales, los rostros no.


También te lo preguntaba pensando en que todos ellos son parte de una generación que ve ajenos a su idea de dignidad ciertos gestos de vanidad, ya sea retratarse o exponerse como víctimas, en contraste con el propio título de la serie.

Los ex-presos políticos cubanos se ven a sí mismos, con toda la razón del mundo, como los guardianes del testimonio de la lucha contra la tiranía en Cuba. Tal vez la esperanza no es algo que esté reflejado en cada una de las imágenes de esta serie. Sin embargo, su persistencia después de tantos años de cárcel y exilio, es una prueba irrefutable de ese optimismo, de su conmovedora voluntad.

Mi serie, a pesar de tener en cuenta todo lo anterior, pretende ir un poco más allá. Vae Victis Vanitas es un retrato de los vencidos de una coyuntura histórica y material pero no de una derrota moral; su existencia y testimonio representa en sí, una derrota ética para sus carcelarios, una fisura irreparable en el despliegue del proyecto totalitario cubano.

Cuando se piensa en la fotografía cubana, generalmente se piensa en la fotografía épica. Una de las primeras imágenes que nos vienen a la mente son las de los vencedores, la entrada triunfante del joven Fidel en La Habana, el famoso retrato del Che etc. Vae Victis Vanitas es el reverso del triunfo, de la vanidad, un retrato de la crueldad de los “héroes” vencedores.

Iván De La Nuez, en un ensayo sobre su proyecto curatorial Iconocracia, expone cómo la Revolución Cubana se hizo retratar no en mármol o grandes monumentos, sino en la blandura del papel fotográfico. Nuestro imaginario occidental nos hace aceptar la caída de un monumento, la mutilación de una estatua, pero no la destrucción de un documento. Iván llega a la conclusión de que ese es el motivo por el cual, el arte cubano no recurre al gesto iconoclasta, sino más bien a una intervención del ícono, transformar la imagen épica y darle otro sentido, hacerla hablar contra sí misma, revertirla. Esta serie, aunque no de manera exacta, sigue esa lógica. Mi manera de lidiar con la imagen épica del vencedor, no es destruyendo su monumento, sino mostrando los cimientos sobre los que se alza y la sombra que aún proyecta.


¿Por qué el título?

Vae Victis (¡Ay, de los vencidos!) es la frase pronunciada por Breno, el jefe galo que entró triunfante a Roma. Cuenta la leyenda que Breno impuso un rescate impagable a los vencidos. Al acudir estos a presentarles sus quejas, el jefe galo tiró su espada sobre la balanza exclamando que no solo tendrían que pagar el impuesto original, sino que ahora además tendrían que equiparar el peso añadido de su espada.

Tal vez algunos de los retratados no se sientan del todo cómodos con la condición de vencidos que yo subrayo en esta serie. Una vez tuve esa conversación con uno de ellos y me dijo lo siguiente:

“Mi generación al menos tuvo el honor de ser derrotada, la tuya nació en la derrota, es parte de ella. Uno no puede escoger ganar o perder, solo puede escoger luchar o no luchar”

El titulo de esta serie incluye también la palabra Vanitas. El Vanitas fue un tema recurrente en la pintura durante los siglos XVII y XVIII. Es un tipo de obra simbólica en la que se pone de manifiesto la futilidad del poder terrenal, lo material e intrascendente de la vida física. En esas imágenes era recurrente el uso de símbolos que aluden al tiempo y la mortalidad, uno de ellos, tal vez el más común, es la calavera. En mi serie la calavera es sustituida por el rostro, mis retratados no son un still life, sino más bien un still alive. La foto no es más que una forma apresurada y a la vez quieta de captar ese “todavía” (Still significa quieto, pero también significa todavía). Siendo el Vanitas una forma de la ruina puede entenderse de manera equívoca, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de seres humanos. Porque para hablar de la vanidad del poder cubano, su futilidad, está toda Cuba que es una ruina, un testimonio de la decadencia del poder que la controla. Un uso menos riguroso de la palabra Vanitas, la limitaría a su acepción más elemental, la de “ruina”. Pero para que las huellas de la decadencia tengan el valor de un Vanitas, tienen que contener un valor moral y ese es el valor de los ex-presos políticos. Sus retratos son un Vanitas político, una manera de recordarle al Poder su temporalidad, un testimonio contra su vanidad.

Mis retratados, además, no se acomodan a esa idea común que muchos tienen del exilio cubano, gente exitosa económicamente etc. Sin embargo y paradójicamente, han sido el núcleo principal de eso que todavía llamamos exilio. Son ellos quienes han dedicado su vida antes, durante y después de la prisión política, a sostener el peso de esa otra cara de la Historia, la de los  que todavía luchan. Nosotros, el resto, vivimos en la comodidad moral de una derrota digna, la que ellos han pagado contra el peso de la espada.

Siempre que se habla de modelos de sobrevivencia uno de los que primero que vienen a la mente son los sobrevivientes de los campos de exterminio nazi. Estos, sin embargo, por lo general sobrevivieron a su prisión y al sistema que los encarceló. No es el caso de los sobrevivientes que representas en tu serie. ¿Qué características en tu opinión los identifican como grupo? Cómo sobrellevan esa condición de sobrevivientes "a medias"? 

Sí, su tiempo en prisión ha terminado, pero el sistema que les arrebató su libertad no ha desaparecido todavía. Son los sobrevivientes de un monstruo que sigue vivo, de manera que aún en libertad y después de tantos años, los sigue uniendo una misma causa. Una causa que conserva su ubicuidad, que dominó y determinó su pasado, que sigue dominando y determinando su presente al igual que su proyección de futuro inmediato, y el futuro de las generaciones que los siguen.

Es importante aclarar que la serie se concentra específicamente y de momento, en la comunidad de ex-presos vinculados a la Unión de Ex-Presos Políticos | Zona Norte (New York y New Jersey). Digo que por el momento, pues es un trabajo en proceso, un proceso que no creo llegue fácilmente a su fin. Cuba ha tenido la población penal por causas políticas más grande del hemisferio, y una de las más grandes per cápita del mundo. En un momento llegaron a existir más de 35,000 prisioneros políticos en la isla. Hay también muchas mujeres que aún estoy documentando pero casi todas están radicadas en el estado de la Florida.

Señalas en el texto introductorio a esta exposición la variedad política, social, racial, cultural, educativa y de todo tipo de las personas encarceladas. Como mismo hicieron Jorge Ulla y Néstor Almendros en su esencial Nadie escuchaba hay un especial énfasis en recordarnos que los presos eran lo mismo batistianos, miembros del Ejército Rebelde, del Movimiento 26 de julio, del Directorio Revolucionario, anarquistas, sindicalistas, negros, blancos, intelectuales, obreros, campesinos. Pero al mismo estas larguísimas penas de cárcel, y las condiciones terribles que sufrieron los acercaron en medio de sus diferencias. Forjaron una hermandad que se puede apreciar hasta el día de hoy. ¿Qué nos puedes decir sobre ello?   

Sí, contrario a lo que muchos creen, los expresos políticos cubanos no son un grupo homogéneo. Mi trabajo para este ensayo fotográfico incluye, por ejemplo, los retratos del coronel Ricardo Montero Duque y del poeta Jorge Valls. No puede haber dos figuras más antitéticas; Montero Duque fue uno de los militares a los que Batista confió la solución del problema rebelde en la Sierra Maestra, Jorge Valls en cambio era un revolucionario católico y socialista, opuesto radicalmente al gobierno de Batista. Ambos, Montero Duque y Jorge Valls, purgaron largas condenas en la cárcel política: el gobierno de Castro, fue igualmente despiadado con ellos. Montero Duque fue sentenciado a 30 años de los cuales cumplió 27, Valls fue sentenciado a 20 años, cumplió 20 años y 40 días. Expongo todo lo anterior para afirmar que a pesar de haber estado en antípodas ideológicas después de tantos años compartiendo la prisión, estos hombres terminaron siendo amigos, perdonando al otro y perdonándose a sí mismos. Es una historia de reconciliación realmente conmovedora, que debería servirnos de ejemplo al resto de los cubanos, no solo para el futuro, sino desde ya.

¿Me puedes hablar de algunas de las personas concretas que aparecen en esta serie? ¿Alguna anécdota que los defina más allá del grupo al que pertenecen?

Cada una de las personas de esta serie tiene una vida intensa y llena de anécdotas. Pero te pongo de ejemplo algunos casos que me parecen especialmente reveladores.

Kemel Jamís un cubano de origen libanés, fue sentenciado a 20 años de prisión y salió en libertad después de 14 años. Mientras Kemel estaba preso, su hermano el pintor y poeta Fayad Jamís, era el attaché cultural del gobierno de Cuba en México. Durante el tiempo que Kemel pasó en la prisión política, su cuñada en aquel entonces, estaba a cargo del Departamento de Derechos Humanos del MINREX cubano para las Naciones Unidas. Su trabajo consistía precisamente, en negar públicamente en foros internacionales a los que iba, en representación del gobierno cubano, que en Cuba hubiera prisioneros políticos.


Aquí va una anécdota contada por el propio Kemel Jamis:

“Mi cuñada en aquel entonces era la Dra. Marta Jiménez, viuda de Fructuoso Rodríguez, de cuyo matrimonio resultó Osvaldito Fructuoso. La breve historia como sigue: cuando salí de prisión en el año 1976, hice un viaje a La Habana, por petición de mis hermanos, llamé a Marta al MINREX, donde ella tenía el cargo del Departamento de Derechos Humanos ante ONU. En ese entonces viajaba a Suiza con frecuencia (todo esto según me cuentan mis hermanas). Una vez sentados frente a frente, en su oficina majestuosa, lo primero que me dijo fue: “¿cómo no te convertiste en revolucionario a través del Plan Camilo Cienfuegos?”. Inmediatamente le contesté que ella se refería al Plan de Trabajo Forzado de Isla de Pinos, donde muchos de mis compañeros fueron asesinados y otros sufrieron múltiples heridas, golpes a diario en condiciones infrahumanas, celdas de castigo en las cuales pasé alrededor un año. Se sorprendió y lo comprobé en sus expresiones. El régimen le mentía. Me pidió que antes de partir de La Habana para Santi Spíritus, escribiera las primeras cuartillas de mi relato. Como es de suponer no escribí nada. Yo desconfiaba de todo y todos. Acababa de pasar 14 años en distintas prisiones. Nunca más supe de mi ex cuñada”.

Ya sé que nada de esto es nuevo, pero a mí me parece un ejemplo terrible de cómo el régimen logró fragmentar a tal punto la sociedad y la familia cubana, de engañar a sus propios representantes.

Otro de los ejemplos que me vienen a la mente es el de Guillermo Estévez, es un caso que revela la arbitrariedad del sistema legal impuesto por Fidel Castro. Guillermo fue uno de los pilotos acusados en 1959 de haber bombardeado localidades civiles durante el conflicto entre los rebeldes y el ejército. En el juicio, que tuvo lugar en un tribunal de Santiago de Cuba, también se acusaba de similares cargos a los artilleros y mecánicos del ejército. La fiscalía nunca entregó el sumario de los cargos a la defensa hasta el mismo día del juicio. A pesar de ello, los abogados pudieron defender magistralmente a sus representados. Tanto así, que el tribunal revolucionario terminó absolviendo a los acusados unánimemente. Inmediatamente Fidel Castro, a través de los medios, proclamó el juicio nulo y exigió uno nuevo. Castro siendo abogado el mismo, sabía perfectamente la aberración jurídica en la que incurría. Se realizó un segundo juicio, el veredicto lo dio el propio Fidel: “Pilotos: 30 años; Artilleros: 20 años; Mecánicos: 2 años. Condenados todos a trabajo forzado”

Tres meses después, tras una intensa campaña de descrédito contra su persona, el fiscal del juicio, el comandante Félix Lugerio Pena, se suicidó. Guillermo Estévez fue condenado a 30 años, de los cuales cumplió 19 en diferentes prisiones  de la isla.

¿Qué sentido tiene para ti incluir en esta exhibición, junto a los retratos de los ex presos políticos, tres piezas de video arte que parecen alejarse del tema central de esta serie?

Siguiendo un recorrido en orden de la exposición, la muestra termina en una sala de videos. La curadora, Kristen Evangelista y yo, decidimos incorporar dos videos en los que se traduce, de una manera más libre y no en forma de documento, el tiempo mismo del poder.

Un último video es mi retrato de Orlando Zapata, esta es la obra que cierra, da conclusión a toda la muestra. El video sobre Orlando Zapata, muerto durante una huelga de hambre en el 2010, devuelve al espectador a la misma prisión política muchos años después. A los primeros presos políticos el gobierno los acusaba de no haber entendido la Revolución, de haber estado contaminados por los vicios de otra época, etc. ¿Qué sucedió entonces con Orlando Zapata? Un albañil negro, un proletario para el cual, al menos teóricamente, la Revolución se había gestado. Sin embargo terminó muriendo a manos del Estado cubano, en una huelga de hambre convertida por sus carceleros en huelga de sed. Hay testimonios que aseguran que el militar a cargo de la cárcel donde estaba Zapata, ordenó que le impidieran tomar líquido alguno, para de esa manera hacerlo abandonar la huelga de hambre. Orlando Zapata no cedió a esa presión ni a ninguna otra y murió a consecuencia de la huelga que duró 83 días.

La parte fotográfica de la exposición lidia con un tema del pasado más distante, de alguna manera congelado por el tiempo. La parte que contiene los videos, habla de un momento más actual, todavía vivo y en movimiento. Creo que era necesario devolver el tema al presente: es por eso que la exposición se concibió así.

¿Es esta serie solo una documentación o también lo ves como un homenaje?

Vae Victis Vanitas es una documentación y a la misma vez un homenaje. Confieso no ser optimista con relación al futuro de Cuba, quiero creer en una Cuba verdaderamente democrática y plural, pero no encuentro la fe. Sin embargo los ex-presos políticos, al menos los que yo he conocido, sí tienen esa fe. Y a juzgar por sus vidas parecen haberla tenido siempre. Me da un poco de vergüenza, porque yo no he sufrido ni sacrificado un ápice de lo que ellos sí han sufrido y sacrificado. Sin embargo, no tengo la confianza en el futuro que ellos tienen.

Pero es quizás mi aceptación de la derrota lo que me ha hecho documentar a estas personas. Si ya se ha perdido todo, entonces al menos nos queda la responsabilidad de contar las víctimas, ponerles nombre y rostro. Mostrar el precio, el costo humano sobre el cual se ha erigido el poder totalitario en Cuba.

miércoles, 7 de febrero de 2018

El realismo (socialista) como regularidad

Hace días el escritor Ángel Santiesteban comentaba en un artículo el caso de un escritor que “se atreve a decir en la televisión nacional que el realismo socialista, tan dañino al arte en Cuba, no fue impuesto por el Ministerio de Cultura”. Lo de menos es quién lo diga (siempre encontrarán a alguien dispuesto a repetir esas sandeces). Lo de más es la clara intención, primero del sistema, luego de sus repetidores en todas partes del mundo de vendernos una historia diferente de la que ocurrió, de la que en su momento celebraban como un logro del que estaban orgullosos y con el que machacaron a generaciones de cubanos. Es Mariela Castro (ahí el nombre sí importa porque lo veremos repetirse) intentando ocultar que la represión a los homosexuales no fue un proceso sistemático destinado a “depurar” la nueva sociedad. Es convertir el terror permanente sobre toda la sociedad en mero susto quinquenal. Es Raúl Castro (otro nombre y otro apellido que veremos con frecuencia) negando la existencia de presos políticos, de ejecuciones extrajudiciales, de fusilamientos sistemáticos. Eso es lo de más. Como si no bastara que te apolismen y te humillen sino que encima tengas que olvidarlo.  
Pero volvamos al tema del realismo socialista. No hace mucho tuve similar discusión con un teórico ruso especialista en literatura soviética, quien me negaba la posibilidad de que en Cuba hubiera florecido el realismo socialista (es un decir)  cuando ya en la Unión Soviética hacía un par de décadas que lo habían abandonado. Me decía él: 
"La Revolución cubana ocurrió mucho después. Su cultura fue formada en los 60. Por supuesto que es el mismo tipo de cultura, es la cultura populista de las masas no educadas, pero aun así tiene un trasfondo completamente diferente al del realismo socialista ruso. Porque —por ejemplo— el realismo socialista en Rusia trata de simular o explotar la cultura folclorista y está basada en el cristianismo ortodoxo. Mientras que la cultura cubana está basada en la tradición católica"
Lo que él veía (el realismo socialista) como un fenómeno histórico, coyuntural, y local yo tiendo a pensarlo como instinto básico del sistema, como etapa “natural” de su crecimiento. O, empleando el término pedagógico tan popular en otro tiempo, se trata de una “regularidad del socialismo” (si tengo algo de razón en los próximos años veremos la eclosión del realismo socialista venezolano). Yo no dejo de insistir en que más que aberración momentánea ese –el de la década conocida como Quinquenio Gris- fue su período clásico, el de mayor esplendor. Tiempos en que su ideología campeaba por todos los niveles de la vida cubana sin el menor asomo de inquietud, sin pensar que alguna vez alguien les pediría explicaciones. Cuando afirmaba a cada paso que el contenido –revolucionario, comunista- debía primar a cada paso sobre la forma. Cuando defender cualquier formalismo era poco menos que un acto de disidencia. Años en que se atrevían a decir sin embozo: “El arte y la literatura promoverán los más altos valores humanos, enriquecerán la vida de nuestro pueblo y participarán activamente en la formación de la personalidad comunista. La política cultural en el terreno de la creación artística y literaria estimulará las manifestaciones el arte y la literatura con un espíritu clasista dentro de los principios del marxismo leninismo” Tesis y Resoluciones del Primer Congreso del Partido Comunista de 1975.
Nunca han vuelto a ser tan honestos como entonces. Después, cuando ven que las fuerzas no les alcanzan para conseguir todo lo que pretendían se han vuelto más sofisticados, algo se avergüenzan de sus fechorías pasadas e intentan hacérnoslas olvidar. O decirnos que fue un breve arrebato de excesos y no el punto de plenitud más acabada. Y muchas veces usan a los mismos que pateaban en el pasado –o cada vez que sea necesario- para reescribirlo, para convencerte de nada ocurrió. “Son muchos los que reciben patadas en el trasero pero luego aceptan alguna prebenda que los vuelve a situar bien, y así esperan la próxima patada” dice Santiesteban. Esa es, donde quiera que haya existido, otra regularidad del socialismo. La del realismo de que hay que doblegarse ante el Poder porque no queda otra opción.

sábado, 3 de febrero de 2018

Boris Larramendi, samurai


Disco tras disco Boris Larramendi consigue superar el durísimo reto de madurar sin resultar aburrido. O patético. De enfrentar el doloroso y desalentador proceso de sucesivas rendiciones que es la madurez para muchos, como una suerte de epopeya personal, con una serenidad reservada a muy pocos. Con sabiduría de gurú mataperro. Y lo consigue desde las primeras líneas de su nuevo álbum “Samurai”, con su incitador “Dispara ya”. “Dispara ya” nos aconseja “que a nadie mató un desprecio” porque “la vida pasa como un rayo y cuando te das cuenta,/ están los niños en el cuarto y ya no puedes ni templar”.  “Cuando pasen los años” nos advierte “todo aquello que hiciste te vendrá a visitar/ en tu cama, de noche” o retumbará en tus huesos recién levantados. Ah, pero lo que no te atreviste a hacer “te vendrá a torturar”. De eso se trata este disco y la obra toda de Boris, de superar el miedo a vivir. Ya sea el miedo alimentado por el Estado o por las inercias de la costumbre y la comodidad. El miedo vivir del sudor de la frente o de ver enamorarse a tu hija adolescente. Porque Boris, como aquel Pánfilo de la falta de jama, no te dice mentiras. Vivir con un mínimo de decencia y dignidad conlleva grandes dosis de valor. Por algo el músico se da fuerzas en la canción que da título al disco, guapeando, desafiando a lo que se aparezca, resistiendo a la variante más perversa del miedo que es engañarse a uno mismo: “No me entretengan al león, que lo suelten, toy esperándolo en el centro del ring,/ con mi katana afiladita y sonriente/ Ta todo dicho, que se forme ya el lío./ Samurai desde que nací, y ahora que estoy mayor/ ya no aguanto tonterías”.
Pero todo, y el Boris de “Samurai” no te lo oculta, tiene un precio. En el caso de Boris ha tenido que pagar, entre otras muchas facturas, la del exilio, la lejanía de lo querido, ese dolor agazapado tras cada alegría. Lo dice en “Cuba” a la que habla con la intimidad del más antiguo y profundo amor: “Siempre te extraño un poquito cuando me siento más rico,/ y aunque me pese,/ llevo tu canto en el mío, tu cruz amarga mi vino,/ tu amor me duele”. Dolores que lo sostienen tanto como sus amores, consciente de que “cada mañana en mi habitación,/ allá donde ya no quiero vivir, / real e indomable como el amor,/ está mi mamá rezando por mí”. Pero no se trata de un disco plañidero. Si menciona los dolores no es para hundirse en ellos sino para darle más peso y densidad a sus alegrías. Debe ser por eso que “Samurai” incluye alguna de las canciones más gozosas que le haya escuchado nunca. O por lo que abraza su exilio –ese favorito de la melancolía- con una plenitud inédita.  Al exilio de Boris también se va a formar “rumba con overtime”. De su capital el cantante dice, dándole la vuelta a la trampa infinita de la nostalgia: “Miami tiene tremendo swing / Tó el mundo sueña venir pa aquí/ Porque el cubano quiere vivir/ sin que lo estén atrasando […] Que allá en la Habana, quién no quisiera/ que como Miami la Habana fuera”. O nos recuerda que la patria puede ser portátil. Que la cubana en especial fue una nación fundada en buena medida fuera de sí misma y que el exilio viene ser algo así como su condición natural, una vuelta a sus orígenes. En la canción titulada precisamente "Exilio" Boris nos instruye de que “en Nueva York/ vivió muchos años Martí/ y el Padre Varela escribió/ más que en la Habana./ En Central Park,/al lado de Strawberry Fields,/ se forma tremendo rumbón…/ Y no es la Habana”. Al mencionar a Celia Cruz el mismo concepto de exilio se invierte y entonces confiesa que "allá en Cuba yo nunca la oí/ Yo crecí desterra'o de su voz,/ exilia'o de su gracia"
Pero no deben distraerse por lo dicho anteriormente: el centro de esta grabación no son tanto sus versos magníficos como una música tan madura y potente como estos que los conduce más allá de sí mismos. Las canciones de "Samurai" valen sobre todo por sus arreglos complejos y cuidados, por una densidad que se desentiende del hecho de ser música ejecutada casi íntegramente por su autor con puntuales colaboraciones de Jorge Gómez (el director de Tiempo Libre, no el de Moncada, gracias a Dios) en el piano, Kiki Ferrer en la batería e Ivette Falcón en el violonchelo. Tanto como en las letras de sus canciones, en la música de "Samurai" resalta la variedad del material y al mismo tiempo la consistencia del espíritu que las produjo. Pasando de la alegría festiva de “Mayami” o “Ya cobré lo mío” a la introversión de “Para curarte el alma”, “Ya no se acuerda de mí” o a los momentos en que esa aparente tensión se resuelve como en “Exilio” o “La conga nunca falla”. Sobre todo “La conga nunca falla”. No solo porque lo confirma como el creador y principal exponente de un género que merece el mejor de los destinos: el de la conga-rock del que Boris nos ha dado temas como "Marchen bien", "Enfermera", "Lo quiero ahora" o "Libre". También porque define a Boris tan bien como otras canciones que ha convertido en himnos irónicos, brutales y a Boris mismo como uno de los compositores imprescindibles de su generación, de su tiempo. Con esa mezcla de Led Zeppelin y Patato Valdés, de Pello el Afrokán y Red Hot Chilli Peppers, de rabia y disfrute desaforado, todo modelado por la inteligencia y la exigencia ética. Una combinación rara por la que deberíamos estar agradecidos. Como agradecidos debe estar Boris por la carátula de Lauzán que da rostro a su “Samurai”. Lauzán y Boris, loterías que nos han tocado en estos tiempos poco afortunados.